EL MEJOR OCULISTA DEL MUNDO

por Israel Alonso

demoño

Publicado originalmente en "Demonalia, una antología benéfica de mil 
demonios" (Cazador de Ratas, 2015). Todos los derechos reservados.

La secretaria que le recibe es grande. No sabría decir si tiene sobrepeso o es una de esas enormes mujeronas con aspecto de teutonas que se ven de cuando en cuando. El caso es que es grande, pues ocupa bastante espacio justo delante de Bernabé. Va vestida de rojo; un traje rojo del tamaño de una cortina que resalta sobre la habitual neblina desdibujada. Y tiene una voz bonita, cantarina, como de princesa Disney. Bernabé se la imagina rodeada de pajaritos que revolotean en torno a su órbita y se posan sobre sus brazos, grandes como troncos.

—El doctor Dresden le recibirá en unos minutos, señor Serrador. ¿Puedo acompañarle a la sala de espera?— canturrea en un español más que aceptable.

—Si es usted tan amable, señorita, se lo agradecería mucho— responde Bernabé. Ella le toma del brazo con suavidad y le conduce por algo que podría ser un pasillo.

La iluminación es escasa. Ciertos destellos hacen pensar a Bernabé que puede tratarse de velas. Candelabros en las paredes, tal vez. Eso le parece extraño; le produce cierta desazón que no puede explicar con palabras, como una punción en la base de la espalda, pero qué sabe él de las costumbres británicas si nunca antes ha salido del pueblo. Por lo que a él respecta podía ser lo más habitual del mundo para esa gente colocar candelabros en las salas de espera de los oculistas. Podría hasta tratarse de una tradición nacional.

—Muy bien, siéntese aquí… estupendo— la secretaria le ayuda a colocarse en una silla. Durante un instante tiene a la mujer tan cerca que puede verla mejor. Posee una cara acorde con lo que se había imaginado, grande y angulosa. No sabría decir si es fea o no, a tanto no le llega la vista, pero parece un rostro agradable. Aunque lo más llamativo es el olor. Bernabé no puede discernir si se trata de un perfume, algún tipo de crema de belleza o tal vez el champú que usa aquella señora. Quizá sea la mezcla de todo aquello, pero el resultado es extraño. Huele como huele el campo después de una tormenta. A tierra mojada, a ozono, a humedad y flores… y a otra cosa, de fondo. Una nota discordante que se cuela por el rabillo de la nariz e impregna el resto de fragancias. Un aroma como a perro recién bañado.

—Si quiere leer algo puedo…— dice la mujer, pero se interrumpe de inmediato— Perdóneme, ha sido una descortesía por mi parte.

—No pasa nada— responde Bernabé—. Estoy bien con el hilo musical.

—Claro. Como quiera. Estaré justo aquí al lado, si necesita cualquier cosa no dude en llamarme. Y le pido disculpas de nuevo.

—De verdad, que no pasa nada. Es usted un encanto.

Los pasos de la secretaria se alejan, repiqueteando pesadamente sobre el suelo. Por el sonido se diría que es parqué. Bernabé no puede evitar pensar en las marcas que debe estar dejando esa mujer, con su envergadura, usando tacones sobre un suelo de madera.

Se relaja, ensimismándose, moviendo distraídamente los pies al ritmo del hilo musical. No está mal. Es algún rollo de esos new age, de tambores y flautas con sonidos de la naturaleza, pero es relajante. Tanto que da una cabezadita lo suficientemente larga como para soñar.

Hay un pozo. Del fondo del pozo asciende una cuerda que se eleva verticalmente varios metros por encima del mismo. Parece una cobra saliendo de la cesta de un encantador de serpientes. No está atada a ninguna parte, tan solo oscila en el aire, rígida, desafiando la ley de la gravedad. Y hay alguien sentado sobre el pozo. Es un hombre alto y delgado, con una barba blanca que le llega al pecho. ¿Será el faquir? El tipo mira a cámara y sonríe. Y habla sin mover los labios.

—Hola, Bernabé. Llevas la bragueta abierta.

Bernabé se despierta sobresaltado porque alguien le ha tocado el hombro. Instintivamente comprueba si es cierto que lleva, como decía su santa madre, el portalón de proa abierto. Sí. Descubre que así es y lo cierra con celeridad, notando como le sube el calor a la cara, haciéndole arder las mejillas.

Para colmo quien le ha tocado el hombro es de nuevo la secretaria. Bernabé puede olerla de nuevo.

—¿Está usted bien, señor Serrador? ¿Me oye?— parece asustada, nerviosa. ¿Cuánto tiempo lleva llamándome? ¿Cuánto tiempo llevo dormido?

—Eh… sí… estoy… la oigo— responde Bernabé. Nota la boca pastosa, le cuesta hablar. Y siente la cabeza confusa, como si hubiera estado bebiendo y ahora tuviese resaca.

—Le decía que el doctor Dresden le atenderá ahora, si le parece bien.

Solo ha sido una cabezadita. Tiene que ser por el vuelo. No estoy acostumbrado. ¿Qué hora es?

Se lleva el reloj cerca de la oreja y pulsa un botón en la esfera.

—Diecisiete. Cincuenta. Y. Tres— dice la voz de lata del reloj.

—¿Señor Serrador?— se impacienta la secretaria.

—Eh… sí, sí… vamos allá. Para eso hemos venido, ¿no? Jejeje— responde Bernabé tratando de parecer tranquilo. Pero no lo está. Calcula que ha debido dormir tres cuartos de hora, poco más o menos. Él es de los que duermen poco y con esfuerzo. De los que se acuestan temprano, se duermen tarde y se levantan temprano, hayan dormido lo que hayan dormido entre medias.

La secretaria le ayuda a ponerse de pie con delicadeza, pero nota que ejerce cierta presión en su brazo, como si estuviese sujetándolo para que no huyera.

—Vamos, nos está esperando— canturrea, pero en su voz de Disney se ha colado una nota disonante. Bernabé no puede apreciar qué es exactamente, pero es algo que le pone un poco nervioso. Un poco más nervioso.

—Sí, sí— responde, mientras cruzan un nuevo pasillo.

Huele como a humedad. Y la temperatura es demasiado fresca para la época del año (por mucho que en tan solo unas horas ya haya descubierto que en Londres llueve cuando le da la gana). Todo ello más la reverberación del hilo musical, que ha variado un poco, ahora se han sumado voces masculinas cantando en tonos muy graves, casi guturales, en un idioma extraño, le hace pensar que se encuentra en una especie de cueva; en un pasadizo subterráneo con paredes de piedra.

Evidentemente eso no puede ser, lo que pasa es que no estamos en España y he estado en un avión y no he descansado bien y…

Extiende un brazo a un lado y toca la pared. Al tacto al menos parece que se trata de piedra. Piedra fría e irregular que le araña un poco la yema de los dedos. Un escalofrío le recorre el cuerpo.

—Señorita, ¿es normal que estemos en una…?— dice, en un hilo de voz.

—Estamos en una cueva, sí, señor Serrador. ¿Qué esperaba?— contesta ella, y en la inflexión de su voz se la nota mucho más rígida que al principio, desconfiada.

Eso es, ¿qué esperaba? Nada en particular, desde luego. Ha sido muy raro desde el principio. Vi el anuncio y pinché. EL MEJOR OCULISTA DEL MUNDO, rezaba, y pinché. El software de voz del ordenador no funcionaba con la página, pero amplié mucho y pude ver las letras y leer el texto. SOLUCIONAMOS SU PROBLEMA. SEA EL QUE SEA, rezaba bajo el nombre del tipo. Doctor Dresden Durden, por lo que sé ahora. En su momento entendí que ponía Doctor desde Duden y me imaginé que Duden sería la universidad donde estudió, o la ciudad donde ejercía. Y llamé. Y expliqué mi problema por teléfono. Fui escueto, porque mi inglés es bastante mediocre, incluso peor que mi vista, lo cual es mucho decir. Les dije que quería ver. Me preguntaron algo así como que qué quería ver y les dije que todo. Luego ya fue cosa de ingresar el dinero (¡un capital!) en la cuenta que me dieron… ¿Por qué estoy recordando todo esto ahora? Ella me ha hecho alguna pregunta, no sé cuál era. ¿Cuánto tiempo llevo en las nubes? ¿Creerá que soy un imbécil?

—Así que una cueva— dice Bernabé, por decir algo.

No es que vaya a creer que soy un imbécil, es que lo soy.

—Estamos justo debajo de la “clínica”— hace algún gesto con la mano, probablemente unas comillas en el aire, pero Bernabé es incapaz de verlo— donde le he recibido. Son unos túneles que edificó en su día el mismísimo John Dee para… bueno, ya sabe. Para sus asuntos.

No sé quién coño es John Di. Debe ser familia de Lady Di. Eso encaja. Estamos en Londres. Será un hermano suyo, constructor. O yo que sé.

—Claro, jejeje— responde, dándose cuenta de que pasan de vez en cuando por delante de llamas más grandes que los candelabros. Deben de ser antorchas—. Una pena lo de esa chica, ¿eh? En España lo sentimos mucho en su día.

—¿Qué? Bueno, mire, ya llegamos— la secretaria aprieta el paso. Bernabé traga saliva, consciente de que ha debido meter la pata. Quizá sea de mala educación mencionar a la difunta princesa. ¿Quién sabe?

Llegan hasta algo que parece una puerta enorme y negra que se abre justo cuando se colocan frente a ella. La secretaria carraspea y cruza un par de frases en inglés con una voz profunda y sosegada, muy masculina, que se halla dentro de la sala, al otro lado de la puerta.

—Sí, sí… míster Serrador…— dice el hombre, ahora en español con mucho acento—. ¡El hombre que quiere ver!

Tras decir esto suelta una tremenda carcajada que a Bernabé le hiela la sangre. Es la carcajada propia de los malos de las películas.

Es el mejor oculista del mundo. Te dijeron que él te ayudaría, que solo él podía hacerlo. No te vayas a cagar ahora por tonterías. El problema es el de siempre, que ves menos que un gato de escayola. Seguro que todo esto sería mucho menos tétrico si pudieras verlo, idiota.

—Sí, jejeje, ese soy yo— dice Bernabé, intentando esbozar una sonrisa que no parezca forzada, que oculte sus nervios.

—Pase, pase… Morgana, querida, cierra al salir, please. Déjanos una poquito de intimidad a míster Serrador y a yo.

Su voz suena afable y distendida, pero el tono de la misma es tan grave que parece que más que médico este hombre fuese doblador de cine. Bernabé oye cómo se va acercando y no puede evitar temblar un poco.

—Bien, bien, bien— va diciendo el tal doctor Dresden, cada vez más cerca—. So… le vuelveré a hacer la pregunta, mister Serrador— sus meteduras de pata en el idioma no pillan a Bernabé por sorpresa. Estuvo trabajando seis años de camarero en la Costa del Sol y está más que acostumbrado. Igualmente el esfuerzo es encomiable, puesto que se le entiende a la perfección—, quiero que esté completamente seguro de las… cómo se dice… connotations. Eh… ¿connotationes?

Joder, después de lo que me ha costado no querrás que me raje ahora.

—El hombre que habló conmigo por teléfono me dijo que había garantía— responde Bernabé—. Que funcionaría.

El doctor Dresden vuelve a carcajearse, y esta vez está justo al lado de Bernabé. Huele su after shave y puede ver, más o menos, su figura. Es alguien alto. Muy alto. Vestido de rojo. Y delgado. Parece un arañazo contra el confuso fondo difuminado. Bernabé nota cómo le toca y siente una descarga de pánico subirle desde los testículos a la nuca, galopando por su espina dorsal. Solo con un gran esfuerzo consigue reprimir un grito.

—Sí, claro que hay garantía— dice, al tiempo que tira amablemente del brazo de Bernabé—. Venga, que ayudo a sentarse enfrente mi mesa.

El asiento es cómodo y frío a la vez. Una silla de madera, casi seguro, con figuras labradas en ella. Mientras pasea la mano distraídamente por la superficie del reposabrazos el doctor continúa hablando.

—No existe ninguna… ¿cómo se dice?— parece pelearse un rato con las palabras que tiene en la punta de la lengua. Suelta incluso alguna palabra en inglés a ver si Bernabé le ayuda, pero para Bernabé es como si hablara en arameo—. Da igual. No puede fallar. La garantía es absolutely. Absoluto. Cien de cien.

—Vaya. Eso es maravilloso— dice Bernabé sonriendo francamente por primera vez—. Sepa usted que estaba desahuciado.

Dresden Durden se ha sentado frente a Bernabé, sobre la mesa, y da la impresión de que se encoge de hombros. Alza las manos a ambos lados del cuerpo y Bernabé, que se ha vuelto un experto en lenguaje corporal, entiende que no ha comprendido algo de lo que ha dicho.

—Desahuciado. Sin esperanzas. Nadie me ayudaba— aclaró.

Y tanto que nadie me ayudaba. La operación no garantizaba que fuera a recuperar la visión perdida y conllevaba más riesgos que beneficios. Uno de los médicos llegó a insinuarme que debería aprender braille.

—Desahuciado— repite Dresden en voz alta, muy lentamente, como si la palabra fuese un animal exótico y no quisiese llevarse un picotazo por sorpresa—. Creo que entiendo la palabra, más o menos. Yo le haré eso, Serrador. Yo le doy mi promesa de usted verá. Usted verá TODO, como pidió.

—Joder, genial— responde, aguantando las lágrimas. Es la primera vez en los cinco años que ha durado el velocísimo proceso de degeneración de su vista en el que está a punto de llorar de felicidad.

—Pero permita que insista a usted— continúa el doctor—. Debe tener claro las connotationes. ¿Sabe?

No tengo ni idea de qué palabra está confundiendo con connotaciones, pero no para de repetirlo. No seré yo quien le insulte haciéndole ver que habla mal mi idioma. A fin de cuentas yo sí que hablo mal el suyo.

—He pagado la parte indicada por transferencia bancaria, como se me pidió, y he traído el resto aquí— da unos golpecitos en su chaqueta. En el bolsillo interior trae un abultadísimo sobre. Luego, de otro bolsillo, saca un tubo de cristal con tapón rojo—. También he traído la muestra de sangre, no se me ha olvidado. Esto me ha parecido un poco más raro, pero entiendo que es para ver si tengo algún tipo de…

—¡Oh, no, hombre!— carcajada— ¡No hacía falta que lo trayese! ¡Yo mismo sacaré su sangre, míster Serrador! ¡Qué gracioso!

Y vuelve a reír de nuevo, durante un buen rato.

A lo mejor yo no lo he entendido bien, vale, pero yo juraría que el del teléfono me dijo que hacía falta sangre. Tampoco es para cachondearse de mí, digo yo.

—Bueno… yo pensé que había que traerla— dice Bernabé en tono cortante.

—Oh, sí, ya veo, ya. Ejem. Bueno, no importa. Disculpe, es que me ha hecho gracias. Ruego me perdone.

—Sí, no pasa nada.

—Bueno. Veo que usted cumple los requisitos, ahora bien… yo me refería al resto de connotationes.

Y venga la burra al trigo.

—Supongo que sí. Que entiendo las connotaciones.

El doctor guarda silencio unos instantes, como sopesando la veracidad de las palabras de Bernabé.

Joder, he reunido el dinero. Y me ha costado reunirlo porque es mucho. He venido hasta tu puta consulta. ¿Me explicas cuándo me vas a operar? ¿Me vas a hacer pruebas antes? Por teléfono me dijeron que me podía ir a casa el mismo día. ¿Podemos ir al turrón?

—A ver, míster Serrador. ¿Es consciente de que hay mucho gente que dirá que esto no está bien?

No me vayas a joder ahora con que esto es fenshui o alguna de esas mierdas raras sacacuartos porque es que te mato.

—¿Usted cree?

—Sí. Yo creo. Gente que vería mal que usted vea. ¿Me sigue?

—Bueno… creo que sí que le sigo. Envidiosos ha habido siempre, eso está claro. Y hay mucho cantamañanas suelto. Pero mire usted, yo lo que quiero es ver bien. Me da igual todo lo demás.

—Entiendo, entiendo— responde el doctor, que se ha levantado y está dando paseítos por la habitación—. En su caso además será dos veces bueno, porque usted no ve bien con los ojos, claro.

¿Esto es una cámara oculta?

—Sí, ese es básicamente el asunto, doctor. Que no veo… con los ojos. sí— responde Bernabé, que está a un tris de pedir que le devuelvan el dinero y llamar a la embajada para ver si puede denunciar al tipo este.

—Entiende también que habrá cosas que usted no sea preparado para ver y que, por supuesto, puede ser demasiado, ¿cierto?

—Entiendo que tendré que asimilarlo poco a poco, que tendré que acostumbrarme… no sé… como una especie de rehabilitación, ¿no?

—Eh… sí, supongo que es posible— responde el doctor—. Entiende también que una vez hecho no se puede ir atrás, ¿no?

—Eso espero.

Y tanto que lo espero. Mira la primera operación que me hicieron, cuando todavía no era tan grave, que me duró una semana. Y luego estaba hasta peor.

—Bien, siendo así… vamos allá.

—¿Cuándo cree usted que podré…?— Bernabé no se atreve ni a decir en voz alta lo que le preocupa.

—¿Ver? Ahora mismo. En cuando le saque una poquito de sangre.

—¿Ahora mismo?

—Sí, tardaremos unos minutos y usted podrá verlo todo. ¡Todo! ¿No es impresionante?

—Vaya que sí lo es— responde Bernabé, que no cabe en su gozo.

La ilusión lo desborda; tanto que hasta se olvida de las cosas extrañas que le están pasando, de las malas vibraciones que le está dando el doctor, del comportamiento de la secretaria, de su olor, de la cueva, de las antorchas, de los tambores…

—¿Y el hilo musical?— pregunta Bernabé consciente de que, de pronto, no sabe muy bien en qué momento, ha dejado de oír la música de fondo. Y no es exactamente que haya silencio a su alrededor. Es más una sensación como de expectación, de respiración contenida.

—No se preocupado por la música, míster Serrador. En seguida iniciará de nuevo. So… permítame que me cambie a mí mismo y empezamos— responde el doctor.

Bernabé oye sus pasos alejándose.

¿Vamos a empezar? ¿Aquí mismo? ¿Estoy en una sala de quirófano? Creo que sigo en una cueva, por el ambiente, por el eco de las cosas. Hasta me parece oír el plic plic plic de una de esas goteras típicas de las cuevas. Joder… estos ingleses están locos. Medicina moderna. Si me viera ahora el Pechugas, con la de años que se tiró estudiando para médico y al final acabó de veterinario… Venga, relájate, Bernabé, que va a salir todo bien. El oculista te ha dicho que te curas sí o sí, cien por cien. Que sales de aquí viendo. Ha ido a cambiarse y…

El sonido casi le hace caerse de la silla. Dentro de la cabeza de Bernabé ha sonado como cuando una de esas enormes bandejas de plata para llevar la comida a la mesa se cae y se lleva un rato cimbreando en el suelo, sin acabar de quedarse quieta, manteniendo el escandalo sostenido, crispando los nervios. Un golpe sordo, agudo, fuerte, seguido de una especie de reverberación metálica. Y un gruñido. Un gruñido o un gañido. Un sonido como animal en cualquier caso.

Se le ha caído una bandeja y le ha dado en un pie. Eso es todo. Eso es todo. Eso es todo.

Intenta relajarse pero no puede. El hilo musical arranca de nuevo, y no lo hace progresivamente, sino que empieza en lo más alto. Un coro de voces gritando a pleno pulmón palabras en sabe dios qué idioma, acompañados por tambores tocados a una velocidad demencial. Por debajo de eso se puede oír un instrumento chocante, algo que Bernabé no reconoce aunque asocia con las películas de vaqueros; como una serpiente de cascabel girando a través de la sala.

La camisa no le llega al cuerpo y empieza a respirar pesadamente. El volumen de la música y el equipo de sonido envolvente van a dejarlo sordo.

Lo que me faltaba. Curarme la cegatez y acabar teniente.

Trata de bromear consigo mismo pero está demasiado asustado como para reírse, aunque sea para adentro.

—¿Doctor?— dice, aunque las palabras se pierden, se diluyen en el estruendo del hilo musical. Y, sin darse cuenta, como si le hubiera hecho efecto una anestesia que no recuerda que le hayan suministrado, vuelve a dormirse.

Y sueña.

Hay un pozo. Del pozo sale una cuerda, que levita verticalmente sin estar atada a nada. Junto al pozo hay una majestuosa mesa de ébano, sobre la que hay dispuestos varios elementos extraños. Un tintero en forma de calavera, un libro encuadernado en piel con un símbolo dorado en la portada, varios botes de cristal conteniendo fetos animales de aspecto grotesco… Tras la mesa hay un trono, hecho con calaveras teñidas de rojo y sentado sobre él está el tipo delgado de barba larga que le avisó de que tenía la bragueta abierta en anteriores ensoñaciones. Lleva una camiseta negra de Nirvana y sonríe con afabilidad.

—Bien, Bernabé, ya que todo está claro, deberíamos firmar el contrato.

Ahora está claro que es el doctor. Tiene su voz. Su expresión corporal coincide. Bernabé es consciente también de que se trata de un sueño. No es algo que le pase con asiduidad, lo de los sueños lúcidos, pero algo ha oído sobre el tema en un programa de misterio que escucha cuando no puede dormir.

—Ah, doctor. Por fin le veo— dice, con naturalidad.

—¿Y me ve bien? ¿Cree que esta barba me hace mayor?— suelta una carcajada.

—Ha perdido usted su acento de mierda— dice Bernabé, sin acritud, pero piensa que siendo un sueño tampoco tiene por qué andarse con remilgos.

—Claro, es que ahora hablamos mentalmente, Bernabé. ¿Quiere que le llame Bernabé o prefiere lo de míster Serrador?

—Llámeme como le de la gana, doctor. Me importa un carajo.

—¡Estupendo! ¡Le llamaré Bernie! ¿Le gusta?

—Me importa un carajo— repite, sonriendo.

—Bien, Bernie. Me he presentado de nuevo dentro de su mente para firmar el contrato. Prefiero hacerlo aquí, es el modo más seguro.

—Oiga, ¿la secretaria está buena?

—Oh, vaya… ¿Morgana? Esto… mejor espere a verla. Si se lo digo yo perderá la gracia, hágame caso.

—Me lo tomaré como un sí.

—Bien, le decía que aquí es más seguro firmar el contrato vinculante. Aquí es verdaderamente vinculante. Aparte estaba usted muy nervioso ahí afuera y no quería acabar de matarlo de un susto presentándome con mi aspecto real.

—¿Aspecto real?

—Claro, hombre. ¿No creerá de verdad que el poder que tengo puede albergarlo un simple mortal, no? En su día trascendí al séptimo…

—Oiga, en serio, ¿está buena o no? Parece una tipa enorme, pero una cosa no quita la otra.

El doctor mira a Bernabé con expresión vacía. Parece molesto.

—Mire, Bernie— de repente, con un gesto de su mano, aparece un pergamino tamaño A3 encima de la mesa, frente a él, y una pluma en su mano, rezumando tinta roja—. Firme y acabemos con esto. Mi tiempo es oro.

—Venga, pues firmo, no se me enfade, hombre.

Bernabé se inclina frente al contrato y hace ademán de empezar a leerlo, pero mira al doctor y sonríe.

—¿Me lo resume?

—Yo le doy a usted La Visión. Y usted a cambio me da la suma de dinero acordada y su alma inmortal— responde, con una sonrisa afilada en los labios—. De hecho está firmando con su propia sangre. Se la he extraído mientras dormía.

Bernabé pasea su mirada, divertido, de la pluma al contrato, del contrato al doctor y del doctor a la pluma de nuevo.

—¿Mi alma inmortal? Joder, sí que es caro el doctorcito. Venga, firmo, si total…—Bernabé estampa su firma en el documento—. Está claro que este sueño supera con creces el del bote de nata y la…

—¡Magnífico!— dice el doctor arrebatando el contrato de delante de Bernabé— ¡Magnífico, Bernie! Ahora… ¡abra los ojos!

Bernabé abre los ojos.

Rojo. Debe ser caliente y húmedo y es rojo. Debe oírse el latido todopoderoso de mamá. Lo recuerdas. No lo oyes, pero lo ves. Flotas y miras. Rojo.

Parpadeo.

Pasos. Pasos. Pasos. Talco. Risas. Sonrisas. Ojos. Manos. La profesora de la guardería. Ella es buena ella es santa ella es. Ella es Laura. Laura en casa se arranca pelos y se los come. Lo ve. Puede verlo. Se los come.

Parpadeo.

Celia, gran amor, primer gran amor, ahoga a su gato en la bañera y sonríe. Lo está viendo. Lo ve. Celia envejece y mata a su primer marido. Celia ríe. Lo ve.

Parpadeo.

Todos los seres humanos. Todas las personas que se llaman Bernabé. Puede verlas. Piensa en ellas y las ve. Sus vidas sus sueños sus mierdas sus pecados sus faltas sus

Parpadeo

gente que no era no era no y gente que sí pero nunca vio sus caras ahora son demonios son vampiros son huevos de araña eclosionando bajo la lengua son el cura del colegio no era no era pederasta como dijimos hicimos canciones escribimos pintadas cuando se suicidó se suicidó no se murió triste accidente dijeron los otros profesores don Juan era un pervertido no lo era se suicidó no se murió en un accidente no se

parpadeo

esposa infiel perro perdido secuestrado por vecino todas las atrocidades a la vez resumidas en un punto una mirada al vacío el vacío te devuelve una mirada limpia la miopía de los días el sueño de los justos la gente muerta no se termina de ir sigue ahí a tu alrededor cuando vas al baño cuando duermes cuando te masturbas estás rodeado de dioses de humo que fueron tus amigos o desconocidos o

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nadie todos toda tu vida en un instante pero coloreada con matices de colores impronunciables cosas que no existen en los libros una explosión incontrolable ver desde los ojos de otras personas de todas las personas pero sobre todo ver lo malo desde una pupila ajena ser testigo de todo verlo todo verlo todo verlo claro

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una sonrisa oscura el mejor ocultista del mundo la palabra era ocultista la palabra era

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la secretaria es un hombre la secretaria es un hombre ni siquiera es un travesti ni siquiera un transexual él no quiere Dresden le obliga él está en deuda y ahora se viste de secretaria y oh no y otras cosas es su perro de presa a veces es un perro enorme un mastín negro a veces la secretaria es un mastín negro y cuando muerde es en la

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la yugular del doctor el auténtico doctor su imagen real no cabe dentro de tus ojos no cabe es tan grande como la visión es tan vieja como el mundo él sabe él sabe que no que no vas a poder con la carga pero aún así firmas contrato porque no sabes nada ahora puedes verlo todo y sabes que su imagen ha quemado la mitad de tu cerebro solo por contemplarla y sabes que eso no es nada

parpadeo

la historia lo que fue lo que es lo que será lo ves puedes verlo cómo acabaremos cómo empezamos quién es quién existe dios o no existe somos frutos oh no eso jamás lo hubieras imaginado y ahí está flotando ante tus ojos dentro de tus ojos tus ojos son todo lo que existe y ahí lo tienes igual que empezó tarde o temprano el tiempo no existe así que muramos salgamos de aquí volveremos a vernos ahí está el final ahí el principio todo vuelve a todo vuelve a

parpadeo

sentado frente a la mesa con la boca abierta laxa ojos muertos esa enorme figura esa enorme criatura contemplando la muerte contemplándote

parpadeo.

Oscuridad.

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