VINO

por Israel Alonso

cardo

Publicado originalmente en el nº17 de la revista literaria Relatos 
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Quizá el error fue el vino y el chorizo, anunciarlos, decir que al final de la presentación, a la salida, habría un vino excelente maridado con un chorizo de categoría, insistir en lo bueno que estaba el vino y lo bueno que estaba el chorizo, reincidir en eso una y otra vez en el evento de Facebook, en el grupo de Whatsapp e incluso en la nota de prensa. Es posible que la gente, el noventa por ciento, asistiese por el libro, por los cuentos, por el autor, pero lo del vino hizo que nadie se levantara y se fuera. Lo del vino y lo del chorizo.

Y las cosas serían de otro modo ahora, mucho menos tristes, si no hubiera sido por ese error; ese tremendo error.

Una hora después de haber empezado el evento, para colmo de males, echando sal en la herida, el editor todavía estaba hablando de lo mismo. De la bodega, que era de por aquí, de las uvas, que también, de los chavales emprendedores, que lo mismo, y de lo bien maridado y lo bien retronasaleado y el buqué y toda la parafernalia.

Está de moda, eso es evidente, lo de vestir las presentaciones literarias con otras cosas, valores añadidos que lo llaman, para que el asistente se lleve ese Algo Más que a veces es la diferencia entre vender dos libros o vender veinte. Así que ahí estaba el editor, hablando del vino (y del chorizo) que esperaba al final del acto.

Y ahí estaba el público. Expectante. Sin moverse del asiento por mucho que el calor o por mucho que la dureza del asiento.

Cuando le tocó el turno al violinista hubo hasta quien lloró. El niño tocaba muy bien, todo hay que decirlo, y la historia que contó (otra media hora, tócate los huevos) sobre su padre llevándole flores robadas a su madre en el Vietnam de la guerra puso los vellos como escarpias. Hubo quien lloró, sí, señor, aunque algún desaprensivo diría más tarde que era de aburrimiento, de desesperación. De ganas de catar ya el vino. Y el chorizo.

Los actores disfrazados de zombis y demonios y brujas (por aquello de que los cuentos eran de miedo) gustaron menos. Pero era por el cansancio. A lo tonto, a lo tonto, entre una cosa y otra, el violinista, los malabaristas, el mimo, el editor haciendo cuñas de cuando en cuando para que la gente no se olvidara del vino (ni del chorizo), habían devenido ya en tres horas de presentación.

Ya era hora de hablar del libro. De que el autor hablara del libro. Cuando los lanzadores de cuchillos acabasen con el número tenía que empezar el autor a hablar del libro de una vez o se iba a ir la gente. Todo tiene un límite en esta vida.

Fue entonces cuando se dieron cuenta y ya era tarde. Nadie había ido a recoger al escritor. El escritor no estaba.

Para cuando echaron abajo la puerta de su casa el escritor ya estaba fiambre, colgado de la viga y con la nota escrita en un postit: NO IMPORTO. Así, escuetita.

Se enterró al día siguiente sin demasiado bombo y fue en el funeral que uno de los presentes, que había estado también en la presentación, le dijo a otro:

–Al final no vino.

Y el otro, que tenía problemas de oído, o que se pasaba de listo, respondió:

–No, ni chorizo.

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