TANTO DA

por Israel Alonso

imagen libre de derechos de autor

Publicado originalmente en el nº5 de la revista literaria y cultural “El ático de los gatos” (2015). Todos los derechos reservados.

Imagina un coche, pongamos un coche, tu coche, el que acabas de terminar de pagar y que aún huele a nuevo y no a colillas y humedad como el otro, como el viejo, pongamos entonces tu coche nuevo. Y ahora, ya lo tienes, ¿no?, pongamos el coche de tu vecino, el de abajo, el de arriba, tanto da, el coche de tu vecino, quizá ese tan pequeño que te da la impresión de que no necesita carné para conducirse, ese que te han dicho que si sopla un levantazo de esos típicos de Cádiz puede volcar en la curva de Torregorda, pongamos ese, que será más divertido. ¿Lo tienes?

            Bien. Ahora imagina, si quieres piensa que por arte de magia, que las piezas de ambos coches fueran intercambiables. Y que te gustaran, guau cómo me gustan, las puertas del coche de tu vecino mucho más que las tuyas propias. Imagina que le propones el cambio y él acepta, quizá porque quiere acostarse contigo, quizá te da la razón como a los locos por eso, porque se te quiere meter en las bragas, pero el caso es que acepta y te cambia las puertas. Las cambiáis y, sigue imaginando, tenéis los dos coches delante, uno al lado del otro, el tuyo un ¿qué marca era el tuyo? Bueno, da igual, tanto da, el tuyo grandote, robusto, rojo sangre y el otro ahí, pobrecillo, más termomix que coche, verde y negro pero ahora, ahora que las habéis cambiado, el suyo con puertas rojas y el tuyo con puertas verdes.

            Si en ese momento, con los dos coches ahí delante, te pregunto cuál de los dos es tu coche, ¿cuál de los dos me señalarías?

            El tuyo, claro, cómo no, si es que es normal. Pero imagina, que de imaginar va hoy la cosa, que seguís con el tema de los intercambios, que le cogéis el gusto, quizá al final acabe el vecino metiéndose en tus bragas después de todo, o tú en sus calzoncillos, o lo que sea, tanto da, la cosa es que le cogéis el gusto a lo de los intercambios y hacéis un nuevo trueque, esta vez con los retrovisores. Y, otra vez con los dos coches delante solo ligeramente modificados, vuelvo a preguntarte que cuál es el tuyo.

            Pues eso. Ese es el tuyo, claro, cómo no, faltaría más que no lo supieras, que tonta no eres tampoco, pero… ¿y si seguís? Os intercambiáis los motores, los tubos de escape, las alfombritas, los dados que colgaban de tu espejo ahora cuelgan del suyo y lo mismo ocurre con su ambientador de pino, que ahora se mece ahí en tu coche, recién colocado. Tu coche. ¿Cuál de los dos es tu coche?

            Sigue siendo ese, de acuerdo. Pero ¿por qué? O mejor aún, ¿hasta cuando? ¿Cuántas piezas habría que sustituir del uno por el otro para que se intercambiaran sus roles? ¿Cuál es la última pieza, la inamovible, el digamos alma de tu coche, lo que le da esencia de coche y no de botijo o de hucha o de zanahoria? Probablemente incluso después de haber sustituido una por una todas las piezas de un coche a otro, después de haber construido en tu lado del garaje el coche íntegro de tu vecino y viceversa, estoy segura de que incluso ahí si te preguntara por cuál de los dos es tu coche seguirías señalando el mismo que todas las veces anteriores.

            Pues lo mismo pasa contigo. ¿Tienes que operarte para ser una mujer completa? ¿Cuánto de un lado tienes que poner en el otro para que sientas que has cambiado? ¿No eres a fin de cuentas y desde el principio aquello que ahora te empeñas en llegar a ser? ¿No naciste mujer? ¿Por qué ese empeño en transformarte si no hay nada que transformar? ¿Un coño una polla una teta un vello? Tanto da, ¿no?

            Que sí, que tienes derecho, que puedes si quieres pero que si no quisieras, si no quisieras pues que tampoco pasa nada. Que lo que te da condición de una cosa o de otra no se puede palpar ni tocar ni magrear ni empalmar, cielo, que va por dentro, o por fuera, que está en al aire o en el alma o en el pensamiento, tanto da.

            Me estuve tirando un tiempo a uno que era budista, que venía de Ibiza para hacerse cargo de nosequé historia en la estupa de Benalmádena y vino aquí a un congreso de yoquesé y acabó conmigo detrás del Playa Victoria demostrándome la iluminación (la poquita, la de las farolas a lo lejos y la luna a lo más lejos aún) y la trascendencia y esas cosas mientras me mordisqueaba con los labios el lóbulo de la oreja que eso, tú lo sabes, ha sido mi punto débil de toda la vida de Dios. Como fuera. Follamos mucho y charlamos mucho, cigarros mediante, entre la niebla londinense del Pall Mall, durante unos meses que para mí fueron como siete u ocho reencarnaciones enteras, imagínate qué hombre. Y me habló de esto que te digo, del vacío, de lo inseparable (desde luego no lo nuestro, que al final como que se reencarnó en hastío), de la unidad, la vacuidad y yoquesé qué historias que me ponían tonta y me daban de pensar, que me alimentaban el alma y la mente y lo trascendente mientras él me alimentaba lo terrenal y lo húmedo y lo caliente, lo turgente y lo urgente, sudando juntitos y repegados.

            Y eso es así. Tú eres mujer porque naciste mujer y poder puedes, podemos, que está de moda ahora, pero que falta lo que se dice falta no hace, porque esto que llevas puesto, con sus pezones, sus estrías y sus curvas no es más que la cáscara, que lo de verdad está en otra parte, no me preguntes dónde porque no lo sé, tanto da. Y si te va a suponer un problema mayor seguir adelante con esto que quedarte como estás pues te quedas como estás y te dejas de tanto psicólogo, y la próxima vez que el vecino ese, el del coche de mierda, te vuelva a poner ojitos en el ascensor pues lo agarras por el rabo y te lo llevas para la cama, que verás como en mitad de la catarsis y con aquello en cabestrillo no se lo piensa dos veces por mucho que haya partes que no le cuadren. Que en tiempo de guerra cualquier agujero es trinchera, ancha es Castilla y todo eso.

            Que no seas tonta, en definitiva, que vales mucho más que todo esto y tu alma inmortal está por encima de todas estas cosas. Y que pagas tú, que ya lo sé que te dije que yo invitaba pero que me he dejado el bolso en lo del yoga, ya te contaré lo del yoga, y que bueno, que pague yo, que pagues tú… tanto da, ¿no?

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