REME

por Israel Alonso

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La abuela Reme dice adiós con la mano.

         El Fiat Punto de su yerno levanta una pequeña nube de polvo al encauzar el carril desde la entrada de Villa Remedios.

          La abuela Reme sonríe mientras su hija se vuelve de espaldas en el asiento del copiloto para devolverle el gesto.

           Israel, el bebé, llora inconsolablemente a pesar de estar siendo mecido. En su cerebro inexperto aún no comprende bien lo de cambiar de brazos. Probablemente intuya, de manera instintiva, que sus padres volverán a recogerlo, pero desde luego es incapaz de entender el motivo de su abandono. Por más que sea en un olor amigo. Por más que la voz que le susurra dulcemente calma, tranquilo, no pasa nada sea una voz que ya puede reconocer.

            El bebé Israel llora y llora mientras la abuela Reme cierra la verja de su alegre casita, con sus tiestos y sus arriates.

            —¿Quién va a comerse estos deditos?— dice, apretándole cariñosamente un calcetín.

            Pero ni el viejo truco hace reír al niño, que berrea cada vez más alto.

            La abuela Reme entra en la casa. El olor de los años le da la bienvenida. El de las medicinas, la madera cuidada, la lana y el brasero.

            Los padres de la criatura se han marchado temprano a no se qué reunión de amigos y una cata de vinos, así que el pueblo bulle, pero en silenciosa actividad.

            —Vas a ayudar a la abu a cocinar— canturrea la abuela Reme al cada vez más histérico retoño.

            Sus rollizas mejillas se amoratan por la intensidad del llanto.

            La abuela Reme enciende el horno a doscientos diez grados y coloca la otra manivela en el indicador que significa arriba y abajo. Calor desde arriba, calor desde abajo.

            Mientras espera que la luz roja se apague, lo que indicará que ya ha alcanzado la temperatura óptima, saca del armario los botes de especias que planea utilizar. Albahaca, romero, pimienta cayena y un limón de la nevera.

            Sopesa dos limones y descarta uno de ellos, que ya está bastante pasado.

            Le cuesta bastante trabajo alcanzar el cuchillo adecuado y sin ninguna maldad piensa que en vez de bandeja magnética para los cuchillos y televisor plano, su yerno y su hija le podían haber puesto una monjita que la ayudara.

La abuela Reme está muy bien para su edad. Los achaques propios. El peso de los años. Pero a veces fantasea con cómo sería levantarse tarde y que estuviese todo hecho. Que alguien cocinase para ella por una vez en la vida. Siempre descarta rápidamente este pensamiento porque le resulta muy egoísta. Si ella puede valerse por sí misma no va a consentir que nadie trastee en su cocina. O en su cómoda. O en su huerto.

            El bebé Israel llora como si no hubiera mañana.

            —Tranquilo… si soy la abu…

            Saca el biberón del pequeño neceser que su hija le ha confiado. Son casi las ocho de la mañana y parece que en media hora el bebé Israel tendrá hambre. Aunque la abuela Reme sabe que no, que el niño tiene hambre ahora. Ya. Porque los niños a cierta edad son como relojes de cuarzo, sólo que con una exactitud relativa. Saben que se acerca la hora de comer y van avisando con suficiente antelación como para que a nadie se le pueda olvidar su toma.

            —Por eso llora el pequeñín— piensa—. O quizá…

            La abuela Reme olisquea el pantaloncito del nene y finge una cómica cara de desagrado.

            Y es en este momento cuando sufre el primer pinchazo.

            Su cerebro se mueve, o eso es lo que siente. Un pinchazo en la sien, como una aguja al rojo clavándose. Como una dura jaqueca que le hace cerrar los ojos. Pero el bebé está bien sujeto y apenas siente la sacudida nerviosa de su abu. A él sólo le importa llorar, llorar y llorar.

            La abuela Reme recupera la compostura y tiende al niño sobre una toalla rescatada del neceser sobre la encimera.

            —Me va a venir una jaqueca— susurra, y trata de no pensar demasiado en ello.

            Antes de comenzar las labores de limpieza se percata de que la luz roja del horno ya se ha apagado. Y, como le queda a mano, hace girar la manivela del termostato para dejarlo a una temperatura bastante más baja. Para cocinar a fuego lento.

            Retira el viejo pañal del niño con precisión quirúrgica y lo deja a un lado, todo con una sola mano.

            El bebé Israel no deja ni por un solo segundo de llorar. Con sus partes nobles a la luz siente de pronto la necesidad de orinar y, como no tiene ni hábito ni educación para contener sus instintos primarios, suelta un pequeño chorro de orina que describe un arco casi mágico, ribeteado de colores por el sol naciente que entra por la ventana, que impacta sin poder evitarlo en el ojo derecho de la abuela Reme.

            El impacto del líquido no llega en buen momento pues un nuevo pinchazo, más fuerte que el de antes, le hace perder la fuerza en las piernas y, pillada por sorpresa por dos bandos, sus rodillas se doblan. En un instante fugaz su nariz golpea contra el mármol de la encimera provocando un chasquido seco que le retumba en la cabeza como el redoble de un timbal de orquesta.

            Tres gotas de sangre, tan roja que casi parece negra, riegan el suelo de la cocina.

            Reacciona rápidamente, casi sin pensar, tan sólo dando gracias a Dios porque Israel está sobre la encimera, a salvo, y no en sus brazos como hace unos minutos. Se estabiliza en la posición vertical, cierra los ojos con fuerza y trata de espantar el pinchazo que siente en la sien.

            Pero los aullidos del niño contribuyen a avivar el dolor, que ahora también fluye a través del tabique nasal.

            —Calma, tranquilo, no pasa nada— dice, mientras agarra con suavidad los pies del niño para levantarle un poco el cuerpo y limpiarlo con una toallita perfumada.

            La sangre rueda de la nariz por su labio superior hasta la boca. Siente el ácido sabor estallando en su lengua, como si estuviera lamiendo un trozo de metal caliente. Se relame para limpiarla y su boca queda durante unos instantes como la boca del payaso triste. Se ve reflejada en el cristal de la ventana que da al huerto y se ve como una furcia, como una puta vieja con el pintalabios corrido y, en lugar de indignarse, se ríe.

            —¡Virgen!— exclama, y es todo lo que tiene que decir al respecto.

            Toma el nuevo pañal y lo coloca bajo el niño, tomándolo otra vez por los piececitos para incorporarlo. Cuántas veces habrá realizado esta tarea, que ahora hace casi de manera automática. A saber.

            El bebé Israel podría participar en un concurso internacional de llantos desagradables.

            Aún de manera semi automática, la abuela Reme continúa con su trabajo. La madre que ha sido (y que siempre será) va guiando su mano, recordándole que ahora viene el talco.

            Pero no es talco, sino albahaca lo que espolvorea sobre el irritado culito de Israel. Y luego la pimienta cayena, y el romero.

            El bebé Israel llora aún más fuerte cuando siente el limón resbalar por su rosada piel.

            —¿Quién va a comerse estos deditos?

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