EL DÍA MUNDIAL DEL GAZPACHO

por Israel Alonso

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Hay una frase, vaya usted a saber quién la dijo, que afirma que el ser humano es capaz de llegar a una conclusión acertada a través de un planteamiento erróneo. Así, por ejemplo, puede darse el caso de que cierto navegante quisiese llegar a un sitio y al final acabase en otro, con la subsiguiente problemática lingüística de tener que llamar indios a los indios de la India y también a los de las películas de vaqueros, por no reconocer la cagada. Y fíjense cómo ha acabado la cosa, entre barras y estrellas, bigmacs y chevroleces. O, sirva también el ejemplo, ese otro señor que tuvo que ir al baño y luego se dejó los cultivos olvidados, les creció moho encima y ¡toma! ¡Penicilina! Y así un largo sinfín de casualidades, de afortunados accidentes que devinieron en maravilla. Un reloj parado da la hora dos veces al día, bla, bla, bla.

            Así que no se extrañe nadie, no, si decimos que la historia de la humanidad, el devenir de los tiempos, el correr de los siglos, cambió, de la noche a la mañana, la mañana del Día Mundial del Gazpacho.

            Los organizadores de tamaño evento, tuvieron la genial idea de lanzar desde un punto X un cohete cargado de gazpacho que, llegado a cierta altura, explotaría provocando una lluvia naranja sobre los pletóricos celebrantes. Para ello, sin escatimar en gastos, recurrieron a un puñado de científicos internacionales del CERN, liderados por un tal Wenceslao Treviño, inventor y gaditano para más señas. Les pidieron un prototipo para llevar a cabo su plan… y la cosa se les fue de las manos.

            El cohete se construyó, se envió desde Suiza por correo urgente y se colocó en la Puerta del Sol (como el año que fue) para ser lanzado a las seis en punto de la tarde y que regase de gazpacho a propios y extraños, con la venia de los del ayuntamiento, que no debieron leer bien la propuesta antes de firmarla o que solo se leyeron las palabras GAZPACHO y GRATIS.

            Se lanzó el mamotreto entre oes y aes, paraguas mediante de algún aprensivo y con mucha gente en terrazas y azoteas pertrechados de bols, cazos y cubos, por aquello del ya que estamos. Pero al flusssh del despegue no le siguieron ni el puum del explotarse ni la lluvia prometida.

            El cacharro se pasó de potencia y atravesó la estratosfera rumbo al espacio, la última frontera.

            Por supuesto, entre la gente cundió el desánimo, el critiqueo y el crujir de dientes, molestos por haber sido privados del proverbial maná caído del cielo. Los organizadores corrieron a cargar los cañones de camisetas promocionales, las catapultas de pelotas de playa y las ametralladoras de muñequitos con forma de tomate, la mascota de lo de los gazpachos esos. Los ánimos se calmaron, claro está, y nadie se acordó del fiasco del petardo, salvo algún jartible en Twitter con el hashtag #elcohetenolopeta.

            Y el cohete, dale que te pego sin parar ni a repostar, cruzó nuestra galaxia a todo trapo, que parecía que quería ganar alguna medalla o que se había dejado al niño en el horno y acabó explotando, sí, pero en plena atmósfera de un planeta desconocido al que, por afán jocoso sin duda alguna, llamaron Gazpachito.

            Y era un planeta yermo, seco, árido y rocoso; el típico planeta inhabitado e inhabitable donde ni el más atrevido agente inmobiliario habría tenido la más mínima posibilidad, por pesado que se pusiese.

            Pero, quién sabe si por la cuántica, la física, la química o qué se yo qué será que tiene el gazpacho, que la lluvia anaranjada, esparcida por los fuertes vientos de Gazpachito en todas direcciones, convertida en ríos, lagos y charchas de gazpacho, acabó por ser el ingrediente que faltaba para que la cosa cuajara.

            Con los años algunos estudiosos de la materia, gente con gafas y poca vida social, lanzaron al aire diversas teorías. Hasta entonces las más aceptadas eran que la vida se desarrollaba espontáneamente donde no había nada mejor que hacer y que para ello, el agua era un ingrediente fundamental. Pero el gazpacho, ese gazpacho fresquito en cuya elaboración habían colaborado los mejores chefs de España, de esos que ya ni se llaman cocineros sino restauradores (vaya usted a saber qué será lo que restauran), que por supuesto también contenía agua, amén de todo lo demás, resultó ser, no ya un elemento esencial para que surgiese la vida en Gazpachito, sino, para colmo, un acelerador estupendo para su desarrollo.

            Así, siete días después de su entrada en la atmósfera de Gazpachito (hasta a eso se le sacó mucha punta después), sobre la superficie del planeta se había formado ya una sociedad de corte medieval, con sus reyes, sus princesas, sus castillos y sus hipotecas, que idolatraban a un dios superior llamado Gazpacho, y a otros diosecillos menores llamados MADE IN CHINA y CERN, que eran las palabras que quedaban en los fragmentos de fuselaje del mamotreto original.

            Y dos meses después de aquello, evoluciona que te evoluciona, los habitantes de Gazpachito ya conocían la teoría de cuerdas, la ley de la gravitación universal, la química cuántica y un montón de zarandajas que en realidad les valían para poco. Pero también aprendieron mecánica, física, aerobic y otro montón de cosas que les llevaron, entre otras cosas, a construir algo que deberíamos denominar televisores.

            Y tras muchos echa un poco pallá, quita, quita, y ahí, ahí se ve bien consiguieron sintonizar con las emisoras de nuestra amada y perjudicada Tierra. Aprendieron nuestras costumbres, aprendieron nuestros idiomas, lloraron con el final de Los Serrano… y construyeron un cohete. Su propio cohete con el que pretendían ponerse en contacto con dios. Porque solo había una cosa que no lograban dominar y tenía que ser él (o ella) quien les diera las respuestas que tanto ansiaban.

            Y lo lanzaron. Y, agujeros de gusano mediante, a todo trapo, resulta que fue a llegar, fíjense en la casualidad, un año después, a la misma Puerta del Sol (viendo pasar el tiempo (ah, no, esa es otra Puerta)) mientras se festejaba el II Día Mundial del Gazpacho.

            El cohete aterrizó grácilmente, que para eso habían trabajado como extraterrestres durante agotadoras sesiones, justo delante de los organizadores, entre bocas abiertas y vellos de punta de la multitud congregada. Cuando se hubo detenido, haciendo un ruidíto como de olla a presión perdiendo la fuerza, se abrió un compartimento en su extremo más alto del que brotó lo que parecía ser un papel escrito en distintas lenguas terrícolas.

            Una de las organizadoras, que estaba entregándole una batidora de oro al ganador del Segundo Concurso de Novela Romántica Basada en el Gazpacho, dejó caer el premio y, sin pensárselo dos veces, corrió a coger el papel.

            Ante la expectación reinante, la chica leyó el papel con creciente asombro, visible en el grado en que se arqueaban sus cejas paulatinamente. Finalmente, con los ojos muy abiertos y en un hilo de voz, se acercó al micrófono y leyó en voz alta el primer comunicado oficial de una cultura extraterreste, la primera muestra palmaria de que no estamos solos en el universo. Tras carraspear seis o siete veces, al fin leyó:

            —Por favor, mandadnos pan pa mojar.

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