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por Israel Alonso

imagen libre de derechos de autor

Publicado originalmente en la revista literaria Relatos Sin Contrato.
Todos los derechos reservados. 

Contemplo la blanda salida del sol, la lenta inundación de cada mañana, la marea de ámbar coloreando tan despacio los despertares grises, plomizos, de la ciudad ahí abajo. Lo contemplo, la línea a lápiz del horizonte cada vez más sólido, cada vez más lejos del sueño, herido de gravedad en cada hogar ya a estas horas a golpe de café y tabaco, desde arriba.

            Ocho pisos. El ocho es un número mágico. Un infinito que también se ha levantado temprano, lemniscata erecta, la serpiente enroscada que se intenta comer a sí misma, ouroboros. Ocho pisos.

            Las antenas parabólicas extienden sus sombras hacia mí, como si estuviesen tendiendo sábanas de sombra, camisas de sombra, sombras de sombra a la sombra del sol naciente. Las contemplo y contemplo a las palomas, sentado en la azotea del edificio que me ve crecer y me oye blasfemar a veces, amar a veces, llorar a veces, contemplo a las palomas zureando, desperezándose como polizones borrachos, hinchándose de vida tras la noche llena de ¿las palomas sueñan? ¿Con qué sueñan?

            Enciendo un cigarro que me da los buenos días garganta abajo. El humo fantasea con ser nube en un cielo límpido y cada vez más azul.

            Las palomas bailan en la cornisa su tonta danza matutina. Algunas me miran con familiaridad, con sus ojos ancianos, su mirada impávida y curiosa, ladean la cabeza y me contemplan contemplándolas, como diciéndome “hoy tampoco saltas”.

            Hoy tampoco salto, de momento. Nunca salto porque me embeleso con los animales amanecidos, los primeros moradores de la mañana. Ese par de gorriones en la ventana de esa vecina que a veces deja abierta esa cortina y deja ver sin querer esas bondades, o queriendo, quién sabe, tal vez queriendo; ese par de gorriones, quizá pareja, quizá enamorados, gorriones enamorados. En alguna parte he leído (he leído demasiado, incluso he sido leído, poco, pero he sido leído, quizá por los propios libros en un acto de canibalismo mutuo (ouroboros (ocho pisos))) que los gorriones son fieles a su pareja para toda la vida.

            Los autobuses ahí abajo también danzan, los contemplo y lanzo el cigarrillo que hace ochos en el aire en un descenso que pretendo imitar y nunca imito, hasta caer sobre la acera, desparramándose en ascuas, tal vez gritando en un idioma que no oigo o que no entiendo.

            Dos autobuses se mueven en círculo, seduciéndose entre sí, mientras esas hormigas de alrededor los contemplan, esperando que cese su danza de apareamiento para penetrarlos ellas mismas y moverse de A a B.

            Yo sueño con moverme de A a B (pero en vertical) desde hace meses, desde que empecé a envidiar a los gorriones, y a los autobuses, incluso a las palomas, las putas palomas, pero siempre se hace tarde.

            Hoy tampoco salto, pienso.

            Contemplo el amanecer, ya perdido, ya del todo amanecido y por tanto ya olvidado, ya inexistente (¿cuánto dura un amanecer? ¿Cuánto tarda en dejar de serlo?), ya tardío, y pienso que hoy tampoco salto. Se ha hecho tarde y ya no puedo apenas mover un dedo.

            Y vuelvo a convertirme en piedra.

Y vuelvo a soñar con la caída.

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