UNO

por Israel Alonso

imagen libre de derechos

ngel era un tipo anodino. Un señor gris vestido de persona. Una alimaña más salida del gran horno. Animalito de corbata impecable y mente zafia. Dueño y señor de un ático maloliente en mitad de una calle llena de áticos malolientes plagados de mosquitos.

Ángel era un señor gris vestido de señor gris vestido de persona. Una criatura del averno insondable. Un demonio de carne y traje de domingo. De barbilla que huele a whisky. De ceño fruncido invariable. De dudosa moral. De estómago oprimido por el botón último de su pantalón gris de raya inamovible.

Ángel era un zombi cataléptico. Un estúpido teledirigido. Un bodrio caminante. Un imberbe de corazón. Un esqueleto pintado de sudor y grasa. Un escupitajo andando calle arriba entre la maraña de gente a medio vivir que iba a comer o venía de ello.

Ángel era lo menos parecido al protagonista de una buena novela. Un esperpento idiotizado. Una caricatura de ser humano demasiado mala para despertar empatía. Una creación mal concebida. Un parto fútil. Una tontería con cabeza, tronco y extremidades grises. Un retrete viviente con las manos en los bolsillos quizá tocándose con disimulo la sudada entrepierna tras haberse cruzado con una colegiala.

Ángel era un dios miserable y cretino de un universo absurdo y enrevesado; el suyo. Ángel era un gilipollas malnacido. Un engreído con pintas. Una mancha de mierda en un traje de novia. Un grano en el culo silbando una melodía irreconocible y presumiblemente mala. Un tipo anodino indigno de cualquier sentimiento.

Cruzó descreídamente toda la avenida comercial sin mirar a nadie salvo a las mujeres. A todas las mujeres. Las miraba con lascivia no disimulada. Disfrazado de persona se creía lo suficientemente humano como para causar simpatía en el sexo contrario. No consideraba siquiera la idea de darse cuenta de su absoluta repugnancia. De un solo vistazo recorría a cada una de las mujeres con las que se cruzaba. De arriba abajo. Una vez llegaba desde los tobillos a la cara volvía a bajar la vista hasta sus pechos con una grosería innata y miserable.

Se suponía interesante al hacerlo. Un descarado bien avenido. Un seductor nato. Un hijo de puta con pasta capaz de pagar cualquiera de sus caprichos. Cualquiera de ellos.

Al doblar la esquina de Santiago con Marquesado sacudió distraídamente un poco de caspa de su hombro derecho, carraspeó un momento y murió.

Anuncios