COCINA CREATIVA

por Israel Alonso

 

granja

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La economía familiar llevaba mucho tiempo en barbecho. Los cerdos y las vacas crecían raros a 0,8 g y nadie se lo había dicho cuando había pedido el préstamo para montar la granja en aquel asteroide. Lo que había parecido un nicho de mercado sin explotar había acabado por llevarlo a la bancarrota. Y ahora sí que el hangar, dulce hangar, parecía un nicho. El suyo.

Pero todo eso iba a cambiar. Andrés había opinado que el tipo que les había vendido la máquina era un rufián, un majadero y un timador. Era una lástima que ya no viviese para poder decirle que se equivocaba. Dios, ¡cuánto lo echaba de menos!

Julio acabó de engrasar el último husillo de la máquina. Tenía que hacerlo a conciencia justo antes y después de usarla, nada más liberar al animal. Eso fue lo que dijo el vendedor y no estaba dispuesto a desobedecer, teniendo en cuenta que se había gastado sus últimos ahorros en aquel cacharro.

Tiró a un lado el trapo que había usado y se acercó a la mesa de grafeno limpiándose las manos en el mono. La chuleta de añojo, recién impresa, le esperaba sobre uno de aquellos platos que tanto había odiado su marido.

—Fíjate, Andrés —dijo—, lo que es la tecnología. Pones la vaca, la única que nos queda, le sacan un puñado de células madre y mira… mira qué chuleta. Y la vaca tan contenta, que ni hay que matarla ni hay que cortarle pedacitos ni nada. Vive como una reina, la muy.

Raspó una viruta verde del borde de la chuleta. El único inconveniente, hasta el momento: los residuos físicos de lo que llamaban materia madre. Nada que no pudiera resolverse ajustando un poco mejor la impresora. Cortó un pedazo de carne y se lo llevó a la boca.

—¡Joder, Andrés! ¡Si pudieras probar esto!

Gozó con todos sus sentidos del plato, sintiéndose un poco culpable y se levantó para recoger.

—Tú no te preocupes, que conseguiré ajustar los parámetros y al final todo saldrá perfecto.

Cuando pasó junto al arcón congelador donde mantenía el cadáver de Andrés perfectamente conservado, lo miró con nostalgia.

Desde el cobertizo, en el otro extremo del hangar, su marido le devolvió la mirada. Lo hizo desde cientos de ojos, de diversas formas y tamaños, algunos más parecidos a bulbos, tentáculos o tumores que a lo que deberían haber sido. Aquellos cientos de pupilas extrañas se retorcían sobre informes masas de carne humana y cabezas de vaca que gorgoteaban en las sombras. El fruto aberrante de los múltiples intentos fallidos de Julio en el complejo arte de la clonación humana.

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