LA VIE EN BRUN

por Israel Alonso

nauta

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—Nanopíldora de filete de pollo, con aceite de oliva virgen extra, limón y ajo. Almuerzo equilibrado. Cincuenta mililitros de vino. Tinto. Cumbres de Gredos. Diluido en corriente sanguínea. Preparando remesa de antiácidos en eyectores 4, 4B y 5. Disponiendo opciones de postre. A elegir entre lengua de reptiliano con reducción de Pedro Ximénez, melocotones en almíbar o natillas caseras con galleta modelo María. Por favor, elija su postre.

Saboreo el filete de pollo. La sensación es una simple ilusión, estimulación directa del córtex para que mis papilas gustativas crean que lo han saboreado. La cápsula que contenía los nutrientes ha sido suministrada directamente dentro de mi estómago, así que, en realidad, lo que me viene a la lengua ahora no es un sabor, sino el fantasma de un sabor. Floto por el espacio hasta la consola exterior para asegurar las velas solares

—He dicho que elija su postre, por favor.

Vaya. La inteligencia artificial del asistente está dando problemas últimamente. Tengo que acordarme de entrar en la bio y comprobar que no sea algún algoritmo que se esté volviendo loco en plena redundancia cíclica. Lo único que faltaba.

—Sí, sí, bien. ¿Has dicho que hay fresas con nata?

—¡Lengua al Pedro Ximénez, melocotones o natillas, pedazo de inútil! —grita dentro de mi cabeza el asistente. De pronto vuelve a su voz normal, servil y metálica— Elija su postre, por favor.

No voy a preocuparme. No está en mis genes perder la calma.

—¡Elija su puto postre! ¡No es tan difícil, por el amor de Dios!

Una descarga eléctrica me recorre el cuerpo paralizándome a medio camino. El maldito asistente me ha atacado. ¡Me ha atacado!

—¡Las leyes de la robótica de…!

Otra descarga, más fuerte.

—¡Asimov era un escritor, gilipollas! ¿Me tengo que regir acaso por las leyes de los elfos del puto Señor de los Anillos? Elija su puñetero postre, o muérase. Es usted un coñazo.

—Natillas, natillas, natillas —exclamo apresuradamente, para ganar tiempo—. Natillas. Quiero natillas.

—Suministrando natillas, natillas, natillas, natillas y natillas.

Noto eclosionar a la vez, dentro de mi estómago, una cantidad anormal de comida, que me sube a la cabeza como en una especie de sobredosis de azúcar. Contengo las arcadas y grito.

—¡Orden Pi siete cuatro zeta…!

—¡Que no me ponga en modo reposo, anormal! ¡Que no me da la gana!

Otra descarga. Esta vez me hace sangrar por oídos y nariz.

—¡Mierda! Mierda, mierda, mierda…

—Protocolo de excreción de heces, velocidad por cuatro. Ejecutando.

La muerte se abre paso en mitad de un indecible dolor. Afortunadamente para mi honor, y para los oídos de los millones de espectadores que ven mi paseo espacial a través de las cámaras externas, en el espacio no se propaga el sonido.

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