LA MISMA FUNCIÓN

por Israel Alonso

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La había arrinconado en un callejón del viejo Soho, entre la Oddity y el puerto de transfers. Hedía a alcohol y sudor rancio, y se notaba a la legua que andaba puesto de soñarina. Dea decidió no tenérselo en cuenta; se iba a llevar lo suyo de todos modos.

—No tienes absolutamente nada que hacer conmigo —dijo ella, abriendo un poco la gabardina con la esperanza de que viese la culata de su SilverStone; mostrando sus cartas—. Esfúmate.

El tipo avanzó un paso y sonrió, las prótesis dentales brillando al compás de una música que Dea no podía oír.

—Soy TecnoGnóstico de decimotercer rango —respondió, desplegando sus méritos; su mano de naipes, su derecho de pernada.

—Muy interesante. Así que sabes de filosofía cuántica, ¿no?

—Puede decirse que soy un experto, de hecho. —Encendió un Savage para darle dramatismos a su perorata.

Dea cambió el peso de un pie al otro, preparada para arrancarle la cabeza como diese un solo paso más.

—Como te he dicho, no tienes nada que hacer conmigo. Por tu propio bien, te aconsejo que te pierdas. Tu polla nunca va a estar aquí dentro —dijo, señalando su entrepierna con ambos dedos corazón.

El baboso debió tomárselo como un reto, porque sonrió aún más, iluminando el resto de su sudorosa cara. Debía ser un hijo de papá. Un cabrón con pintas jugando a seducir a ingenuas en los suburbios. Seguro que llevaba un táser bajo la ropa por si la afortunada se resistía.

—¿Has oído hablar del colapso de la función de onda? —dijo de pronto, haciendo caer al suelo sus pantalones con un movimiento que sin duda había ensayado mil veces antes —Hay infinidad de opciones, de universos flotando a nuestro alrededor, a escasos milímetros de nosotros. En muchos de ellos —susurró señalando el trozo de carne que le colgaba entre las piernas, tachonado con un biopiercing con forma de cabeza de lobo—… quizá en todos ellos, este animal ya ha entrado en tu cueva. —Soltó una carcajada que sonó a metal aplastado— Quizá en todas ellas. ¿Por qué retrasar lo ineludible?

Dejó su risa multicolor flotando en el silencio que se había formado entre ambos. Cuando Dea al fin respondió, avanzando hasta quedar justo delante de él, su voz tenía una extraña resonancia armónica.

—¿Sabes? Yo también sé algo de cuántica.

—Ah, ¿sí?

—Eso es. Y lo que acabas de decir tiene todo el sentido del mundo, cuánticamente hablando —dijo, viendo como al imbécil se le iba iluminando la cara, la incipiente erección vibrando en la noche húmeda—. Y estoy segura de que tienes razón, porque, como todo el mundo sabe, el colapso de la función de onda, la cuántica en general, solo es aplicable a objetos microscópicos. —Bajó la mirada hacia el pingajo de carne al tiempo que los servomotores de su brazo izquierdo llevaban la SilverStone hacia los testículos a una velocidad de vértigo—. Viendo lo que tienes ahí estoy segura de que eso que me cuentas es aplicable aquí. Lo que ocurre, querido, es que es muy probable que en todos esos universos que has mencionado, en los que tu… ¿animal? ¿Has dicho animal? En los que tu animal ha entrado en mi cueva… En todas esas realidades hemos quedado, yo insatisfecha y tú muerto. Así que, ¿por qué retrasar lo ineludible? ¿Te mato ya y te ahorramos el ridículo?

El arma hizo un clic, al descorrerse el seguro.

El baboso tragó saliva.

La función de onda colapsó.

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