PRIMERA SANGRE

por Israel Alonso

 

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Publicado originalmente en el nº5 de la revista SuperSonic.

Lo primero que vi al salir aquella mañana fue la sombra de Dios atravesando la hierba delante de mi tauia. Su posición sobre la hierba me indicaba que había llegado la Segunda Estación y los días comenzaban al fin a ser más largos. También significaba que era temprano y que a la mayor parte del mundo aún le quedarían uno o dos sueños antes de despertar. Los Primeros Siervos ya llevarían horas atareados, pero alrededor solo reinaba el silencio. Ese silencio familiar que siempre me había reconfortado pero que en ese momento me hacía temblar de excitación, miedo y vergüenza.

            La primera sangre había llegado sin avisar, como mi chamsa me dijo que ocurriría. Porque tenía que ser eso. Todos los síntomas coincidían, incluso el dolor de vientre y la sensación de rigidez.

            Giré por el camino del árbol seco, mucho más largo que el de la Iglesia, para evitar cruzar por delante de la tauia de Fi. Estaba convencida de que aún dormiría, pero no podía arriesgarme a encontrármelo, que me viese la cara y me retuviese con su preocupación. Tenía que llegar al río. Allí podría comprobar si mis sospechas eran ciertas y lavarme sin temor a ser descubierta.

            Evité mirar a Dios salvo de reojo, repitiéndome a mí misma que él también dormiría, que no se daría cuenta de mis prisas contenidas ni olería el secreto que yo tan celosamente pretendía guardar. Allí estaba, con el sol brotando por encima de su hombro izquierdo, con el rostro inmutable perdido en la distancia, sentado sobre sus piernas como si rezase. Exactamente igual que había estado siempre, desde que el mundo era mundo.

            Cuando Dios deje de descansar y se levante, mi niña, se habrá acabado nuestro tiempo sobre la tierra y bajo el cielo. Pero eso no pasará nunca, porque está muy cansado de habernos soñado a todos. No tengas miedo y duerme, me decía mi chamsa desde la neblina del recuerdo.

Nadie me vio cuando crucé la vieja bodega y me interné en el bosque, siguiendo el murmullo del agua. No hay nada de malo en la primera sangre, me repetía, pero no conseguía quitarme la sensación de estar cometiendo un terrible pecado no informando al Prior, como dictaba la ley de Dios. Me aterraba tener que someterme a las pruebas, ser señalada por todos. No estaba segura de querer convertirme en una mujer aún, con todo lo que eso conllevaba. Hasta la noche anterior todo había sido relativamente sencillo: tirar piedras al árbol seco, tumbarme al sol con Fi contemplando las nubes… Eso era lo que más me preocupaba. ¿Cambiaría Fi al enterarse? ¿Me vería con otros ojos? ¿Se daría cuenta si yo no se lo decía?

Cuando al fin metí los pies en la corriente serena del río, la punzada del frío me subió por los tobillos, espabilándome. Los verderones cantaban como si quisiesen ocultar el ruido de mis jadeos, cómplices vigilantes desde las ramas bajas. Llegué hasta el límite y miré hacia atrás para comprobar que, salvo por ellos, seguía sola y sonreí, temblando de pies a cabeza.

Observé la marca roja hecha en los árboles allí donde se acababa el mundo, aunque no me hacía ninguna falta mirarla. Mil veces había ido a aquel paraje junto con mi chamsa en nuestros paseos, o con Fi rebuscando peces recién aparecidos en la corriente, y sabía perfectamente hasta dónde podía caminar sin miedo al castigo de Dios.

            Cruzar la línea roja es pecado, y Dios castiga tal afrenta con la muerte. Porque ahí se acaba el mundo, decían los Primeros Siervos. Todo cuanto queda al otro lado es el reflejo oscuro, la pesadilla que Dios deja afuera en su eterna bondad. Entrarán los peces, y los animales pequeños, recién soñados, y el agua infinita y eterna. Todo lo demás es muerte y condenación.

            Muerte y condenación. Fi y yo habíamos comprobado una vez la realidad bajo esas palabras cuando, jugando a saltar de las ramas a la parte honda del caudal, vimos venir un enorme animal negro con unos cuernos tan grandes como troncos. Sus ojos oscuros y quietos nos observaban con frialdad desde más allá del fin del mundo. Y no detenía su carrera. Nos abrazamos, aterrados, rezando para que Dios no hubiese dejado de pronto de proteger el mundo, casi sintiendo las vaharadas que exhalaba por sus gigantescos orificios nasales. Cerramos los ojos temblando cuando estaba a un trote de cruzar la línea roja y de pronto lo sentimos. Un zumbido ensordecedor. Y después la luz. Un fogonazo que nos hizo verlo todo blanco incluso con los ojos cerrados.

            Cuando al fin los abrimos allí estaba, tirado en la margen derecha con los ojos en blanco, empapando de sangre la hierba alta. Sus cuartos traseros habían quedado al otro lado, cercenados.

Esa noche mi chamsa me dijo que aquel animal se llamaba tauro. Esa noche, una vez purificado por el Prior, todos en el mundo cenamos tauro.

            Me remangué las telas y no me atreví a mirar abajo. Seguía sintiéndome avergonzada y confusa. Eché un último vistazo al centro del pueblo. La cabeza de Dios contemplando el xi sobresalía por sobre las copas altas, con el sol a la espalda. Armándome de valor me llevé la mano a la entrepierna y palpé. Temblando como nunca antes en mi vida la volví a alzar y la miré, con los ojos entrecerrados. Allí estaba. La primera sangre. No tan roja como la esperaba pero sangre sin ninguna duda. La huella delatora de que se habían acabado mis días de tirar piedras y ver amaneceres. Era la hora de ser mujer, fuera lo que fuera lo que significara aquello.

            Me subí las telas hasta el pecho, soltando todo el aire de un golpe, aliviada en cierto modo por saber, al menos, que se trataba de algo natural; algo de lo que ya estaba más que prevenida. Me acuclillé en el río, dejando que el frío me reconfortase, y comencé a lavarme, despacio, con los ojos cerrados, mientras tarareaba la canción de los últimos brotes con la ropa mordida para que no resbalara y acabase empapada.

            Ser una mujer. Ni siquiera mi chamsa, que era quien me había contado casi todo lo que sabía, se había aventurado nunca a contarme qué significaba eso exactamente. Pero me hacía una ligera idea y sonaba de lo más triste. No me asustaba tener que sembrar, ya había ayudado mil veces cuando llegaba la época y había heredado una espalda robusta como la de mi yemsa. No me iba a morir por trabajar un poco más. Tampoco me causaba especial pavor la idea de tener que ocuparme de los niños y los ancianos, lavarlos y darles de comer. También eso lo había hecho muchas veces y nunca me había quejado. Me gustaban los niños pequeños, con su cara de sorpresa ante cualquier cosa, y me gustaban los ancianos, con todas esas historias que contar y tan poca gente que las quisiera oír. Me gustaba leerles cuando caía el sol, ufana de haber aprendido cuando ya casi nadie lo hacía. Mi chamsa me había enseñado, tanto los ideogramas como las letras duras, las bajas y las altas. Casi nunca tenía ocasión de demostrar lo bien que se me daba aquello, salvo cuando los niños querían oír la historia del señor Yin y los cuatro cuencos de arroz robados. O cuando algún anciano con cataratas me acercaba un viejo diario para que le ayudase a recordar lo que habían sido sus días. No, nada de eso me preocupaba. Lo que de verdad me aterraba era lo de ser escogida por un hombre. Servirle y darle hijos. Apenas era consciente de todo lo que escondía aquella tradición, pero cada vez que pensaba en ello se me encogía el corazón.

            —Quizá pueda fingir un tiempo. Tal vez nadie lo…

            El sonido fue igual que aquella primera vez, poderoso y ensordecedor. Y el fogonazo de luz, que me quemó los ojos bajo los párpados, hizo que dejase de respirar y me llevase las manos a la cara para protegerme. La tela se soltó de mi boca al gritar y fue a parar al agua.

            Mi primer pensamiento fue que Dios me había castigado por atreverme a pensar en esconder la primera sangre. Pero esa idea fue sustituida de inmediato por otra más grande. Grande, negra y con unos enormes cuernos que casi sentía ya clavados en mi espalda. Esta vez el tauro habría sido más rápido que la ira divina y estaría a punto de arrollarme.

            No sé cuánto tiempo pude permanecer helada en el lugar, sin atreverme a mover un dedo. Finalmente abrí los ojos dispuesta a contemplar por última vez el mundo, a través de una cortina de lágrimas y con todo el cuerpo en tensión. Pero lo primero que vi fue sangre. El río a mi alrededor estaba teñido de rojo, un descorazonador rojo que me devolvía un reflejo confuso. Me estaba desangrando. ¡Dios durmiente, me estaba desangrando! Algo había ido mal ahí abajo… se suponía que solo mancharía un poco, que no sería para tanto.

            El mundo entero giró a mi alrededor al tiempo que notaba que perdía el control de mis piernas y caía de rodillas en el agua roja. Casi sentía el peso del tauro de pesadilla sobre mis hombros hundiéndome en la corriente manchada. Cuando al final me ensartara en sus astas yo ya no tendría sangre en el cuerpo. Toda se me estaba yendo entre las piernas, río abajo.

            Con la vista nublada intenté levantarme y me resbalé. No te puedes ahogar en este parte del río, decía la voz de mi chamsa desde algún lugar tan lejano que apenas podía oírla. Y entonces vi el brazo, deslizándose con la corriente como un pez enorme y negro, pasando entre mis muslos con los dedos extendidos hacia mí como si quisiese atraparme. Como si pretendiese agarrarme del lugar por el que se vaciaban mis pecados.

            Retrocedí espantada, dando gritos, notando cómo poco a poco mi cordura se desvanecía. Y oí la voz a mi espalda.

            —¡Detente!

            Me detuve. Vaya que si me detuve. Me quedé helada, sentada en mitad de las aguas, con las telas empapadas flotando a mi alrededor.

            —¿Chamsa? —dije, en un hilo de voz.

            —No se te ocurra moverte. Hay un puto sistema de seguridad aquí —contestó la voz. Era una voz de mujer, seca y ronca, como si le costase respirar. Y había algo más, de fondo. Una especie de llanto agudo, sostenido. Quizá un animal pequeño.

            Giré sobre mí misma, muy despacio, y la vi. Era una mujer como nunca antes había visto una. Su piel era negra como la del mismísimo tauro. Llevaba unas telas oscuras de un tejido extraño, con una gran capucha que le tapaba medio rostro. Pero aún así podía verla. Se trataba de una mujer, o de una mujer tauro, o lo que fuera, de la misma edad que la tamsa de Fi. Una mujer robusta con unos ojos grandes y redondos y una terrible mueca de dolor en sus labios agrietados. Estaba arrodillada en el suelo rodeada de su propia sangre, que manaba del lugar donde debería haber estado su brazo derecho. Toda esa parte del cuerpo, desde la rodilla al mentón era un hervidero de carne burbujeante, tela humeante y líquidos viscosos.

            —¿Qué… qué eres? —pregunté, al borde del desmayo.

            —Soy una persona, como tú, solo que más jodida —respondió, en mi mismo idioma pero con un acento extraño y musical. Me pregunté si también sabría hablar el idioma sagrado, pero no tuve valor de hacérselo saber.

            De pronto, de entre las ramas, apareció el origen del llanto que me había parecido oír. Eso era un perro. Un perro marrón, con mucho pelo. Había visto dibujos de los que guardaban en la iglesia cuando mi chamsa era joven. Se sentó frente a la mujer negra y aulló. Nunca había oído aullar a un perro, pero estaba segura de que lo que salía de la garganta del animal era una mezcla de pena y miedo.

            —Perro —dije, masticando la palabra.

            —Sí, este es mi compañero de viajes —respondió, e intentó calmarlo acariciándole el hocico con la mano que le quedaba; mano que el perro lamió con fruición—. No te preocupes, Wyser. Todo está bien.

            —Bai… tse —repetí.

            —Sí, niña. Un nombre que me recuerda a mi niñez

            —No entiendo…

            —¡Dios, he perdido la bolsa!

            Miré alrededor, en busca de lo que fuera que se le hubiese perdido. La palabra bolsa no me decía nada hasta que vi el morral, de la misma extraña tela oscura y agrietada que el resto de su ropa. Había caído dentro del mundo mientras que ella no había conseguido entrar.

            —¿Es eso? —señalé.

            Ella soltó un resoplido y, al instante, comprendí que el esfuerzo le había causado una punzada de dolor. Debía estar sufriendo lo indecible. Me recordó al temsa de Kailan, a cómo iba perdiendo el color sobre el lecho en la tauia comunal cuando el Primer Segador le cortó la pierna infectada.

            —Es eso, sí. De todos modos da igual. Hay un maldito sistema de seguridad aquí, aunque no puedas verlo. Y el aparato que me permitiría localizarlo o incluso desactivarlo ha quedado en tu lado del río, cielo. Yo y mi jodida manía de no prestar atención a los artefactos. No voy a poder ayudarte.

            La mitad de las palabras que decía no significaban nada para mí, pero siempre fui una chica lista y me las apañaba para seguir la conversación. Y para seguir consciente, de hecho. El mareo no se me pasaba y sentía que el vómito y el desvanecimiento pugnaban por tomar el control.

            —No hay ningún tema de seguridad. Es la ira de Dios —dije, y señalé con un dedo tembloroso hacia el centro del mundo. El sol ya casi estaba sobre la cabeza de la enorme deidad que nos había soñado a todos.

            La mujer tauro puso los ojos en blanco y por un momento vi que estaba muerta. Quizá aún respirase y hablase, pero no por mucho tiempo. Ya lo había visto otras veces. El Prior lo llamaba guǐ. Era una palabra que siempre me había causado auténtico terror desde que el temsa de Kailan se convirtió en uno de ellos justo antes de morir del todo.

            Cuando recobró la compostura, en mitad de un espasmo violento, un hilillo de sangre le brotaba por uno de los orificios nasales. Luego, para mi sorpresa, soltó una carcajada.

            —Joder, niña. ¿Ese es tu Dios? —preguntó. Yo asentí, sin atreverme a corregirla y decirle que no era el mío, sino simplemente Dios. Volvió a mirarme y noté cómo el corazón se me desbocaba. Diría que me observaba con ansiedad, moviendo los labios como si estuviese intentando decidirse entre decirme algo o no hacerlo— ¿Estáis aislados? ¿Es eso?

            —No te entiendo —balbuceé.

            —Está bien, está bien —gesticuló con la mano en el aire, como despejando un humo que solo ella podía ver—. Tienes que confiar en mí, porque me temo que no tengo mucho tiempo. Estás en mitad de ninguna parte, hace semanas que no me cruzo con nadie y estoy segura de que tu Dios no me va a dejar entrar.

            —Dios mantiene fuera la pesadilla en su eterna bondad —recité—. Entrarán los peces, y los animales pequeños, recién soñados, y el agua infinita y eterna. Todo lo demás es muerte y condenación.

            —¡Kak! ¡Una aldea de fanáticos de ojos rasgados! —gritó. Retrocedí casi sin querer, aún sentada en mitad de la corriente—. Espera. No te vayas. ¿Puedes coger mi bolsa, por favor? No me mires así, ya no está en el reino de la pesadilla, ¿no? La bondad de Dios ha hecho que cayera en tu lado del mundo. Solo quiero que la abras y encuentres una cosa por mí.

            No sé por qué obedecí, tal vez por temor, quizá solo por curiosidad morbosa, pero lo hice. Me incorporé y anduve dos pasos vacilantes hasta el morral. Apretando fuerte los dientes lo levanté, agarrándolo por una de sus asas como si se tratase de un pájaro muerto.

            —Buena chica —dijo ella a mis espaldas.

            Atado al asa pendía un trozo de tela deshilachado, una tela distinta, más suave, con una especie de dibujo rojo y azul que no supe identificar, sobre el que se podían ver un puñado de letras duras altas, semienterradas entre suciedad y medio borradas. Pasé el dedo por algunas de las que quedaban y leí en voz alta:

            —NAM JI… Namji…

            —¡Vaya! ¡Muy bien! ¡Mi suerte mejora! Sabes leer. Eso ayudará —exclamó la mujer a mis espaldas. Su voz sonaba cada vez más débil, pero ahora tenía un destello de algo que volvía a sonarme musical. Tal vez fuese esperanza.

            —¿Qué es namji? —pregunté, encarándola de nuevo.

            —Es el nombre que he tenido durante más de treinta años. Ahora es tuyo, si lo quieres —respondió, sonriente. La sangre sobre su piel oscura, bañándole también los dientes, resultó hermosa por unos segundos. Brillaba de un modo especial que ya no podría olvidar jamás.

            —¿Mío? ¿Cómo iba a quedarme con tu nombre?

            —Dentro de poco, mi niña —esas palabras resonaron en mi interior como un trueno, removiéndome los huesos y la sangre—, no necesitaré un nombre. Y tú sí que lo vas a necesitar. Porque vas a seguir mis pasos.

            —Pero, yo me llamo Taiyang. Ese es el nombre que soñó Dios para mí.

            —Dentro de esa bolsa encontrarás un libro. Es muy importante que nadie sepa que existe. Debes esconderlo, ¿me comprendes?

            Asentí, o asintió alguien que se había apoderado de mi cuerpo en algún momento. Alguien que no quería convertirse en una mujer, o al menos no como se suponía que debía ser esa conversión. Alguien que soñaba con cosas a las que no sabía poner nombre ni forma, pero que ahora brillaban en el fondo del morral, junto a objetos metálicos que no quería imaginar para qué servían. Alguien que podría llamarse Namji, en lugar de Taiyang.

            Pero fueron los ojos del perro, la mirada limpia de Wyser observándome con solemnidad lo que me empujó a aceptar lo que la mujer sin nombre me ofrecía. Esos ojos no podían ser parte de la pesadilla. Esos ojos no podían ser muerte y condenación. Por el contrario parecían estar hechos de pura vida.

            —Aprende a leer el libro. En las primeras páginas encontrarás algo que te ayudará a comprender el idioma en que… —las palabras se congelaron en su boca en un rictus demencial, el dolor se le escapó del cuerpo en un grito sordo que hizo volar a un par de verderones curiosos de una rama cercana. A punto estuve de correr a ayudarla, olvidando por completo la ira de Dios y las marcas rojas de este lado de los árboles. Afortunadamente se recompuso— Cuando lo hayas leído sabrás mucho de lo que yo ya sé. Y estarás preparada para salir aquí afuera.

            —No… al otro lado del mundo solo…

            —Sí, muerte y jodienda de Dios —el perro le lamía la mano sin dejar de mirarme; juraría que me apremiaba a decidirme. Siempre he pensado que era justo eso lo que hacía. Esperar a que acabase todo aquello para poder sentarse a ayudar a su compañera a partir— Lee el libro, Namji. Y, cuando salgas, el camino te será revelado. ¿Lo harás? ¿Lo prometes?

            Nunca llegué a saber por qué, y me lo pregunté todas las noches de todos los días del resto de mi vida, pero dije que sí.

            —Sí. Te lo prometo.

            Ella sonrió. Yo sonreí.

            Y el mundo cambió para siempre.

<…>

Ka no ha sido. Tú sabes que Ka no ha podido ser, porque Ka es una buena persona y no es capaz de hacer algo así. Amas a Ka tanto como Ka te ama a ti y sabes de sobra que el Prior, o cualquiera de los Jueces, usará eso en tu contra si se te ocurre decirlo en voz alta. Si se te ocurre defenderla. Porque Dios no aprueba vuestra relación.

            La muerte de Fi, tu marido y señor, te ha colocado durante mucho tiempo en una situación comprometida, pero te ha dado igual porque tú eres fuerte.

Pero Ka es débil. Ella no soportará un castigo como el que le espera si es declarada culpable de robar las ofrendas dadas a Dios. Si tan siquiera pudieras decir todo lo que has descubierto leyendo el libro de Dun… ¿Dios? Vuestro Dios no es más que una Máquina, un Ingenio, un Señor, un Robot. Y hay muchos más como él. Sádicos sin corazón que siembran el mundo de muerte y esclavitud. El mundo… ellos ni siquiera saben lo que es el mundo. Están tan encerrados como tú en un trozo de tierra en mitad de las montañas. Si supieran cuántas cosas hay ahí afuera. Si pudieras…

Pero no puedes. Dun (su nombre real, no el que te regaló, resuena en tu cabeza como una vieja melodía que te insufla fuerzas) lo explica en las páginas de su libro. Las sociedades como la tuya donde el Ingenio se asienta durante tanto tiempo terminan corrompidas por su poder. La Iglesia dice ser la intérprete entre sus sueños y vuestras vidas mortales, pero lo único que en realidad parece cierto es que Dios está parado, inoperativo. Te ha llevado quince años y demasiados dolores de cabeza llegar a entender todas las palabras. Has sufrido cada vez que han estado a punto de sorprenderte estudiando. Pero ahora lo tienes claro. Este Ingenio está dañado. Solo funciona su sistema de seguridad y lo que sea que tiene en sus partes móviles a través de las cuales aparece la materia con la que complementan vuestras comidas. ¿De qué está hecha esa materia? ¿Serán nuestros propios muertos los que son procesados como en el caso del SYLNT-00FF00 del libro de Dun?

No puedes tolerar que las cosas sigan como están. Ni para ti ni para Ka. Llevas años esperando el momento propicio para usar el artefacto, el que anulará la ira de Dios durante el tiempo necesario para escapar. Pero ese momento no va a llegar nunca. Oyes la voz de tu chamsa, como siempre a tu lado en los momentos de duda: quien se queda quieto no deja huellas ni las sigue, mi niña. Es hoy o no será nunca. Porque Ka no soportará el castigo. Tienes que hacerlo, por ella y por ti. Y si, después de todo, el libro dice la verdad y los Dioses pueden sangrar, quizá puedas volver cuando estés lista, para liberar al resto. Si el libro miente, la ira de Dios no te dejará pensar demasiado en tus errores. Quien se queda quieto no deja huellas ni las sigue.

Así que das un paso al frente cuando el Prior pregunta si la condenada se defenderá sola o si alguien quiere ocupar su lugar en el desafío. Es un duelo a primera sangre: el primero en sangrar pierde y eso significa que el acusado no tiene honor ni valía y la pena no se verá reducida. El luchador de los Primeros Segadores, Shan, es un muro de piedra con forma humana y las armas elegidas por el Prior son Lunas Mayores. La peor de las combinaciones. Si Shan acierta de lleno a Ka con una de esas su primera sangre podría ser la última.

Avanzas otro paso, decidida, con la furia de quien sabe que tiene razón y que está rodeada de idiotas. Todos murmuran. Todos se acercan al centro de la tauia comunal. Todos quieren verte morir. El maldito pez contra corriente. La mujer que pasea con otra mujer. La que no pudo ser tamsa y ahora cuestiona las cosas. Tú.

Shan se acerca, con su enorme cabeza ladeada y una sonrisa amarilla como el filo de su Luna Mayor. Cree que las tiene todas consigo.

Acaricias el trozo de tela con tu nombre, tu nombre auténtico, el regalo de Dun, y coges tu arma del centro del círculo. La sostienes con una sola mano, con un esfuerzo apreciable que hace sonar algunas risas. Pero necesitas la otra mano libre.

Ka te mira mordiéndose las uñas desde el cadalso. Nunca la has visto llorar tanto. Le sonríes y por un momento ella sabe lo que estás pensando. Eso la hace gritar, quizá esté diciéndote que no lo hagas. Tal vez solo grite tu nombre, pero no puedes oírla. Ni a ella ni el griterío enfervorecido del pueblo, que asiste vibrando como un solo ser a lo que, suponen, será tu ejecución. La erradicación de la plaga. Tú solo oyes a tu chamsa, diciéndote que todo saldrá bien.

Cuando tu contrincante carga, con la Luna Mayor sostenida sobre su cabeza, dispuesto a cortarte por la mitad, con la ira roja de todos resumida en sus ojos negros, sabes qué va a suceder a continuación. Todos esperan que te quedes quieta, que levantes torpemente tu arma y caigas bajo el peso de la ley de Dios. Pero corres. Corres hacia él con todas tus fuerzas, dejando caer la Luna y sacando de bajo tus telas el artefacto de vuestra liberación.

Shan no tiene tiempo a cambiar de trayectoria. Ni siquiera es capaz de asestar un tajo con su arma a tan corta distancia, así que solo pone cara de incomprensión cuando ve que saltas hacia él con un objeto brillante en las manos. El fuego de las antorchas saca brillos espectrales en su superficie lisa y hace bailar un reflejo iridiscente en su extremo afilado. Cuando se lo clavas entre los ojos, hundiéndolo con toda tu alma hasta el hueso, de su boca sale un sonido estúpido e incoherente que más parece un eructo que una maldición. El pitido del artefacto, que ahora es un tercer ojo plateado en la frente de tu adversario, te indica que está activado.

—¡Ahora! —gritas mirando a Ka, que se mueve como en un espasmo y comienza a correr hacia ti, saltando del cadalso entre el desconcierto general.

Cuando el Prior se da cuenta de que algo va peor de lo que imagina y se gira para escupir órdenes, el artefacto hace su función. Tras un leve zumbido la noche se hace día en el mundo. No puedes evitar pensar en que la medicina sabe igual que la enfermedad. Es un fogonazo idéntico al que causa la ira de Dios, el sistema de seguridad, solo que esta vez en el mismo centro del pueblo.

Agarras la mano de Ka, aún cegada, y la obligas a correr lo más deprisa que te permiten tus piernas. No es necesario ver con los ojos. Has memorizado este momento. Lo has repetido mil veces en tu imaginación, cada noche estudiando el libro, cada vez que hablaban a vuestras espaldas, cada noche que, tras amaros en la silenciosa intimidad de la orilla del río, contemplabais las estrellas soñando con todas esas cosas que habías leído.

Cuando llegáis a lo que siempre habéis conocido como el límite del mundo, ella duda.

—Dios está inconsciente, Ka. No puede hacernos daño. Pero tenemos que darnos prisa, porque cuando se recupere estará enfadado. Confía en mí.

Y se deja llevar. Notas como su mano aprieta la tuya con fuerza cuando cruzáis corriendo por entre los árboles marcados de rojo.

Pero Dios se despierta antes de tiempo. Un zumbido ensordecedor. Otro fogonazo de luz a tus espaldas. Caes al suelo, aún sujetando la mano de Ka. Estás al otro lado del mundo. Y miras atrás. Como en un sueño que se repite, un reflejo oscuro en un río manchado de sangre. De tu primera sangre y ahora la de Ka, que ha quedado dentro. Acunas su brazo cercenado entre los tuyos aullando de dolor, pero no te oyes gritar. Ni oyes cómo se desploma ella al otro lado. Todo lo inunda un atronador pitido que viene del centro del pueblo. Algo que te hace sangrar los oídos. Dios está gritando con todas sus fuerzas. Lo ves levantarse. Ves a la gente llegando tras el cuerpo caído de la mujer a la que amas, que humea inerte con el pelo mecido por la corriente del río. Aún sonríe. La ves sonreír y te derrumbas, caes al suelo de rodillas y solo piensas en volver. Cruzar de nuevo, morir con ella allí donde empezó todo.

Pero algo tira de ti. El destino está tirando de tus telas con fuerza mientras contemplas a Dios, erguido por primera vez en generaciones, alzar los brazos. Vuelves la cara para ver qué te retiene y ahí está. Con su mirada limpia y sabia, tirando con sus dientes de ti.

—Bai-Tsé —dices, y de algún modo el perro te entiende. Y tú lo entiendes a él — ¿Tenemos que irnos?

El perro ladea la cabeza y no puedes evitar confiar en él. Después de todo ha estado aquí esperando todos estos años. Esperándote. Y Ka no va a ir a ninguna parte. Volverás. Le prometes que volverás, tarde o temprano volverás.

Echas una última mirada al mundo que dejas atrás, te levantas y comienzas a seguir a Bai-Tsé, que camina delante de ti volviéndose cada dos pasos para asegurarse de que lo sigues.

<…>

Namji volverá, su túnica negra movida por el viento frío de la mañana. Volverá guiando a muchos, que creerán en ella y estarán dispuestos a seguirla hasta el mismo fin del mundo.

            Ellos la llamarán Chamsa, y ni siquiera sabrán lo que significa. Otros la llamarán la Vieja Madre. Bai-Tsé, sentado sobre su regazo en el campamento a las afueras del viejo pueblo le lamerá las manos, deformadas como el viejo árbol seco.

            —Si puede sangrar, quiero ser yo quien haga brotar su primera sangre —dirá a sus compañeros de viaje.

            En sus rostros atentos recordará a todos los que la han acompañado a lo largo de su vida. Se permitirá pensar en aquel día en que Bai-Tsé la condujo hasta la falda de la montaña negra. En cómo los miembros de la Orden la vieron llegar, casi sin vida, y la recibieron como si fuese una hija perdida al ver que portaba el libro y que traía consigo el viejo nombre de Dun. Recordará el Gran Libro, el que custodiaban en el Monasterio de la Sal y cómo pasaron diez días y diez noches copiando en él los datos que su predecesora había conseguido recabar. Sonreirá pensando en los años de peregrinaje, en los Ingenios (así los llamaba Dun, así los llamará siempre ella) que encontró a lo largo y ancho del mundo. De su mundo. El de verdad. Dará gracias por haber podido cumplir su misión tantos y tantos inviernos, compilando información, encontrándose en el camino con tantos amigos y enemigos como arrugas le caben ahora en la piel. Y les repetirá que quiere hacerlo sangrar.

Algunos se opondrán, amablemente pero se opondrán, porque la verán frágil y querrán que les dure muchos años más. Pero Namji se saldrá con la suya. Les hablará de Ka, y de Fi, y de su propia chamsa y todos se conmoverán y compartirán su viejo odio.

Y, sin darles tiempo a pensarlo demasiado, empezará la guerra.

Y Dios sangrará.

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