LA ESTRELLA

por Israel Alonso

 

ESTRELLA

Primer capítulo de una novela en construcción.

CAPÍTULO 1

LA ESTRELLA  

1.

 

La estrella brilló en mitad de la fría noche como si fuera la única que tuviera derecho a hacerlo, haciendo morir de envidia a todas las demás, que titilaban indignadas bajo la negra bóveda del mundo. Su estela verde fluorescente iluminó tétricamente las afueras de la ciudad, haciendo bailar las sombras sin orden ni concierto.

            Los tres hombres que la contemplaban sobre la loma se miraron entre sí. Uno de ellos, que aún tenía los instrumentos de medición pulcramente distribuidos sobre una roca plana, hizo una anotación, volvió a mirar a sus hermanos y dijo con solemnidad:

            —Está cayendo.

            —No me digas —ironizó el más alto, cuya barba negra y rizada le endurecía las facciones, aportando severidad a su anguloso rostro.

            —Al menos yo estoy usando los instrumentos —se defendió el primero, de rostro rubicundo, a quien la barba rala y castaña no le aportaba autoridad alguna, sino que más bien le hacía parecer un huevo en un nido—. Las cosas o se hacen con rigor o no se hacen. Para eso hemos cargado con ellos desde…

            —¡Esa es otra! ¿Hacía falta de verdad que cargásemos nueve meses con todo el equipo? ¡Nueve meses! ¡Nueve meses! Montando y desmontando, cargándolo, descargándolo… ¿Era necesario? ¿Lo era?

            El otro se azoró un poco, más porque en el fondo su interlocutor tenía razón que por la discusión en sí. Habían hecho un larguísimo viaje, una auténtica epopeya. Y claro, nueve meses juntos de sol a sol (¡y qué sol!), pasando inclemencias y fatigas… al final acababa habiendo roces. Las discusiones ya se habían convertido en un miembro más de su grupo.

            —Bueno… eran necesarios para seguir a la estrella.

            —¿Eran necesarios? —Señaló la estela que brillaba en el cielo, reluciente como una gigantesca hoguera—. ¡Pero si la ven hasta los ciegos!

            —Ya, pero de día a ver cómo la seguíamos —contestó el del rostro ovalado guardando los instrumentos—. Además, no es cosa mía. Fue Artabán quien insistió en que había que traerlo todo.

            Ahora el más alto parecía completamente indignado.

            —¡Artabán! ¡Otro que mejor ni mencionar! ¡Tanta prisa que tenía! ¡Tanta urgencia con que había que reunirse para partir con premura! Que si el oráculo nosequé, que si Zoroastro nosecuántos… ¿Y dónde está? ¿Tú lo ves por alguna parte? Porque yo no.

            —Bueno, no sé qué pudo ocurrirle, no es propio de él. De todos modos tenía razón; todos oímos las palabras del mensajero divino. Quizá si lo hubiéramos esperado un poco más…

            —Lo que me faltaba por oír. ¡Estuvimos esperándolo un día entero! Con el frío que hacía en el zigurat de Borsippa. Y no apareció. Además, tú mismo lo has dicho: todos oímos aquel mensaje. ¡Si nos hubiéramos demorado más no habríamos llegado a tiempo!

            El tercero, de piel aceitunada y nariz aguileña, dejó de mesarse la larga perilla azabache y se puso entre ambos extendiendo los brazos en gesto conciliador.

            —Haya paz… haya paz… no empecéis que siempre acabáis peleando. — Luego miró en dirección a la estrella que, efectivamente, estaba cayendo en picado a toda velocidad—. Habría que levantar el campamento y darse prisa. Ya tenemos que estar muy cerca del lugar.

            —Nuestro hermano tiene razón —dijo el de la barba rala, que ya había acabado de empaquetar las cosas—. Solo faltaba que después de lo que hemos pasado para llegar hasta aquí no viéramos al niño. Vamos, ya discutiremos luego.

            —Lo que tú digas.

            —Negro me tenéis los dos —dijo el que había terciado entre ambos, girándose hacia la parte de atrás de la loma.

            Hizo una señal con la mano y el campo que se extendía ante ellos, sumido en la negra oscuridad de la noche, se movió. Y entonces pudo verse con claridad que aquello que un espectador casual hubiera tomado en un vistazo rápido por un montón de piedras y arbustos era en realidad un ejército.

            Tres ejércitos, a decir verdad. Y a pesar de ser tan solo una pequeña parte de lo grande que podrían haber sido si no se hubiera tratado de una misión sencilla y no oficial, eran tres ejércitos dignos de tres reyes.

            Cada uno estaba compuesto por dos unidades: dos mil soldados de infantería que portaban sus escudos hoplitas con fiereza y determinación, preparados ahora que se había dado la orden. Sus armaduras robaban destellos a la noche, así como todas sus lanzas (cuyo contrapeso redondo en el extremo inferior les había hecho ganarse el apelativo de «portadores de la manzana»), alineadas a sus costados. Entre ellos aún podía verse algún Inmortal, fieros y temibles a pesar de que cada vez quedaban menos.

            La caballería, imponente sobre sus grandes corceles pertrechados con sus regias armaduras, se apresuró a alinearse según la estrategia habitual. Sus escudos eran acompañados por jabalinas y espadas; en algunos casos incluso hachas.

            Opacos en la negrura, apenas eran perceptibles los colores predominantes que, al contrario de lo que era habitual en los ejércitos persas, exhibían una uniformidad inusitada. Sus caras ropas, teñidas de amarillo, púrpura y rojo, denotaban que aquéllos soldados eran de un alto estrato social. Que todos y cada uno de ellos lucieran tiaras de color amarillo no hacía sino reforzar esa idea.

            Algunos caballos bufaron intranquilos. Estaban acostumbrado a las batallas y no les espantaba el fragor de la contienda, pero llevaban nueve meses viajando demasiadas horas al día y el cansancio y la rutina tenían sus nervios a flor de piel. El antinatural resplandor fluorescente en el cielo no los dejaba relajarse. Movían sus orejas con nerviosismo, como queriendo decirle a sus jinetes que abandonaran ya aquella loca aventura que los había llevado tan lejos del hogar.

            Los tres sabios se pararon sobre la loma, con sus figuras recortadas contra la luna en el horizonte, contemplando cada uno su propio ejército y lo majestuosos que resultaban todos unidos.

            Doce mil hombres, entre infantería y caballería, sin contar con los ayudantes y los mercenarios griegos que, aunque pocos, seguían estando allí, y su bravura era indiscutible.

            Doce mil hombres al mando de doce generales, de lo más granado de sus respectivos imperios.

            Doce mil guerreros que esperaban sus órdenes, lejos de sus familias, cansados del increíble viaje, pero fieles como ninguno. Todos siguiendo a sus respectivos reyes en una tarea misteriosa y legendaria. Todo un ejército real para una misión de paz, por muy contradictorio que eso pareciese.

            Y habían hecho bien en llevarlos consigo. Quizá de no haberlo hecho, ahora no estarían tan cerca del objetivo de su peregrinaje.

            —Pase lo que pase —comenzó a hablar el de la piel aceitunada— creo que no deberíamos volver a donde el rey.

            —Balthasar tiene razón —respondió el de la barba rala—. No confío en ese hombre, me pone los vellos de punta.

            El otro asintió con la cabeza.

            —Pues no se hable más. Encontremos al niño o no lo encontremos…

            —Que lo encontraremos, Melkon —interrumpió el tal Balthasar.

            —Cuando encontremos al niño —se corrigió, algo malhumorado— no regresaremos a ver a Herodes. Volveremos a Persia por otro camino.

            Los otros dos parecieron complacidos.

            —Bien, ¿partimos?

            —Sí, sí. Cuando la estrella se detenga y descienda veremos al Salvador, estoy seguro— el de la barba rala parecía emocionado.

            —Tú siempre tan optimista, Gaspar —respondió Melkon.

            Y a una orden suya, los tres ejércitos, convertidos en uno solo, muy numeroso y bien armado, prosiguieron su avance en pos de la estrella.

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