LA BILIS DEL OFENDIDOTE

por Israel Alonso

Photo by Daniel Jacobs on Unsplash

En los tiempos que corren no se puede hablar de nada. La Dictadura de lo Políticamente Correcto se está cargando el idioma, las relaciones interpersonales y el mundo en general. Ya no se pueden hacer chistes de nada. La Libertad de Expresión está herida de muerte por culpa de Los Ofendiditos. Esto no lo digo yo, ojo. Lo dicen Los Ofendidotes. ¿Que quiénes son? Por su forma de obrar los reconocerás. Es una comunidad social muy extendida en el tiempo y el espacio. En el tiempo porque llevan aquí toda la vida (ellos dirían «desde que el hombre es hombre») quejándose de lo mismo, pero con distintos matices, y en el espacio porque esto no es algo propio de un país concreto. Es un fenómeno global. Allí donde hay alguien reclamando derechos, pidiendo igualdad para todos los seres humanos, poniendo de manifiesto alguna injusticia, intentando dar voz a un colectivo minoritario… ahí hay un Ofendidote. O varios. Normalmente varios, de hecho, porque se retroalimentan en su campana de eco quejándose de las campanas de eco del resto de la humanidad. Sí, amigas, amigos y amigues, Los Ofendidotes viven inmersos en burbujas de irrealidad donde solo le llegan los aplausos y las palabras de reconocimiento de otros Ofendidotes, haciendo oídos sordos a cualquier voz disidente. Pero es que justo eso es lo que reprochan del objeto de su obsesión, Los Ofendiditos. Ellos dicen cosas como «es que la Dictadura de lo Políticamente Correcto silencia nuestras opiniones porque solo se escuchan a sí mismos». Sí, lo dicen, desde un púlpito donde se encargan 24 horas al día, 7 días a la semana, de ignorar las palabras de esas personas a las que critican, a quitarles importancia, a explicarles activamente en qué se equivocan. Porque eso sí, el Ofendidote medio no puede dejar pasar la oportunidad de explicarte en qué te equivocas. Tus reivindicaciones de Ofendidito se la traen al pairo, le parecen una idiotez, pero aun así gastan muchas horas de su vida en entrar a comentar en muros de feministas a explicarles que lo suyo es hembrismo y no igualdad, a trolear a cualquier persona que use el lenguaje inclusivo (ellos se ríen del «Todes», incluso lo usan como hashtag para dejar claro que les parece absurdo, ridículo y risible) e, incluso, a hacer artículos o columnas de opinión en medios varios para alertar a la sociedad de lo que está pasando. Que los Ofendiditos están tomando el mundo. Que es una hecatombe. Que todo se va a la mierda.

 

Pero, oiga, ¿a usted qué más le da que haya gente con ideas contrarias a la suya, señor(o)? Si a usted le parece todo esto una pérdida de tiempo, ¿a qué perder el suyo propio en una cruzada personal con la que parece estar obsesionado? Porque es que, de verdad, Ofendidote, tu discurso no tiene coherencia interna. Dices, por ejemplo, cuando vas de perfil bajo y no quieres que te llamen trol, o facha, o machista, o misógino, o racista, o cualquiera de las cosas que en realidad sí que eres, cuando vas en plan suave, en rollo pasivo-agresivo, que las exigencias de los Ofendiditos, per se, no te molestan, pero que se están formulando mal. Dices, por ejemplo y para no parecer lo que eres, un rancio casposo, que el lenguaje inclusivo podría funcionar, pero que las propuestas que ves te parecen una cacota. Incluso que ya existe un «neutro» en nuestro idioma, Nuestro Magno Idioma, que es el masculino (?) y que no es necesario andar inventando. Desconoces, o pretendes desconocer, que parte de eso que dices es la opinión que manejamos también en este lado. Que no hay propuestas perfectas y que hay que seguir trabajando, pero que, mientras tanto, no podemos omitir a toda esa gente que no se ve representada en nuestra actual manera de expresarnos. O dices, por no sonar como lo que verdaderamente eres, un descerebrado, que habiendo cosas más importantes de las que preocuparse no entiendes cómo se pierde el tiempo con esta. Joder, Ofendidote, habría que extrapolar esta situación, usando la demagogia en la que tú mismo eres experto, a otras facetas de la vida. Que a alguien le den siete navajazos en la calle y que, al acudir a un policía para pedir ayuda, este le dijera lo mismo que tú: «anda ya, quejica. Habiendo terrorismo, trata de blancas y bandas organizadas en el mundo, tú preocupándote de unas puñaladas». Dices continuamente cosas como esta, que los Ofendiditos pierden, perdemos, el tiempo en banalidades. Claro, hombre. No como tú, que lo inviertes en demostrar lo equivocaditos que estamos. Tu discurso pivota alrededor de varios focos, pero suele centrarse en la repetición ad nauseam de que los Ofendiditos nos ofendemos con todo, que tenemos la piel muy fina (alguno improvisa con el término «culofino») y que no aguantamos que alguien nos lleve la contraria. No, mire usted. Eso no es así. De hecho, si lo piensa, es justo lo contrario.

 

Es el Ofendidote el que tiene la piel fina. Es el Ofendidote el eterno ofendido. Es el Ofendidote, en resumen, el que se ve atacado por el cambio, por el discurrir de la Historia, que lo deja atrás, cómo no dejarlo atrás, porque el mundo avanza y él está estancado en su poltrona de privilegios. Y esto es lo que ocurre siempre, no hay que darle más vueltas. Cuando un ser humano ve peligrar sus privilegios, tiene dos opciones. O se revisa a sí mismo y decide que está bien que eso suceda porque, de todos modos, el hecho de tenerlos implicaba una desventaja hacia quienes no los poseían, o enrabietarse y dejar de respirar. Dar golpes en la mesa. Alzar mucho la voz. Porque lo que tienes, Ofendidote, es miedo. Tienes mucho miedo. Estás cagado. Porque los acontecimientos se precipitan y te arrastran a un mundo que no solo no entiendes, sino que además no quieres para ti. Un mundo donde no se pueden hacer «chistes de mariquitas» sin que te llamen homófobo. Un mundo donde no puedes decir «feminazis locas del coño» sin que te acusen de machista. Un mundo donde, en definitiva, no puedes hacer lo que tu especie, la del Homo ofendidotus, lleva haciendo toda la Historia de la Humanidad. Cagarse y mearse en las personas que estaban por debajo solo y exclusivamente porque podían hacerlo. Porque antes, Ofendidote de los huevos, la gente que era víctima de tus chistes (siempre de abajo arriba, ¿eh? Nunca riéndose de la parte opresora, sino del colectivo oprimido) se callaba, lo sufría en silencio y, como mucho, se enfadaba contigo en lo privado. Y a lo mejor le soltabas una hostia, porque eso sí, qué tiempos aquellos en que las cosas se solucionaban a hostias, como Dios manda, y no ahora lloriqueando por las redes sociales «como niñas». Tú hablas de Libertad de Expresión solo cuando te conviene, cuando quieres decir una idiotez y alguien te dice la verdad: «eso es una idiotez, caballero. Y, además, me ofende». Entonces sí que tienes la piel fina, sí que te enfadas, sí que exiges que se respeten tus derechos. Los del resto de seres humanos, ya tal. Hablas de «linchamientos» cuando más de una persona, de esas personas a las que llevas ofendiendo siglos, entra a rebatir lo que dices, a pedirte explicaciones. No tienes ni la más remota idea de lo que es un linchamiento, al parecer. Esa gente, esos colectivos minoritarios, esas personas desfavorecidas, sí que lo saben bien, porque llevan toda la vida aguantándolos de la gente como tú, la gente que ha estado históricamente Arriba. Siempre has estado arriba, Ofendidote, porque el mundo era de la gente como tú, de toda la chusma que, como tú, chusma, que eres un chusma, ofendía gratuitamente a los desfavorecidos, insultaba sin remilgos a quienes no podían defenderse y se reía de los ideales de la gente que quería cambiar las cosas. Pues tengo una noticia para ti, Ofendidote. Ya está bien. El mundo ya ha cambiado y los Ofendiditos vamos a pelear por lo que es justo y es correcto, te pongas como te pongas. Ya está bien de aguantar en silencio, ya está bien de risas cómplices, ya está bien de que la gente de bien no haga nada por pararte los pies. Esto es una guerra, Ofendidote, y estamos preparades para ganarla.

 

Israel Alonso

Ofendidito Culofino

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