EL LENGUAJE NOS TRANSFORMA

por Israel Alonso

Existen innumerables artículos, todos mejores que este, hablando del tema, de lo que es, lo que no es y su utilidad práctica, pero soy el responsable de una editorial que cree firmemente en el uso del lenguaje inclusivo, que lo usa habitualmente en sus comunicados oficiales y un escritor y ciudadano de a pie (nunca me sacaré el carné de conducir) que también lo sostiene en su vida diaria, en lo público y en lo privado. Sirva por tanto este texto como una mera opinión más, la mía, sobre el uso que yo le doy a esta cuestión, personal y profesionalmente. Un granito de arena que tiene como único objeto aclarar mi opinión al respecto. Si alguien quiere profundizar más en esta materia, hay auténtiques erudites que, sin duda alguna, pueden arrojar luz sobre este asunto de una manera más clara y concisa. Personas afectadas por este tema en modos y maneras que yo solo puedo imaginar, de refilón, porque no soy la parte afectada. O, al menos, no la más afectada, porque esto es algo que debería preocuparle a todo el mundo. Todas esas personas tienen más razón y más derecho que yo a hablaros de esto, así que entiéndase este artículo solo como lo que es: mi opinión.

LA DECONSTRUCCIÓN. ¿Qué lleva a un ser humano a plantearse asimilar y poner en práctica el lenguaje inclusivo? Pues normalmente viene ligado a un proceso de deconstrucción, que es una palabra muy bonita y que mucha gente no sabe qué significa. Y a la empatía. Esto viene ligado a la empatía, incluso más que al otro proceso si vamos a la raíz de la cuestión. Deconstruirse es el acto a través del cual una persona se revisa a sí misma, sus principios, valores, ideas y privilegios, sopesa todo aquello que encuentra y se plantea si todo esto que lo conforma como individuo es exactamente lo que le gustaría que lo definiera como tal. Es decir, mirar hacia adentro, ver si algo va mal y tratar de ponerle solución. Esto es muy fácil de entender en asuntos más mundanos. Si te pasas la vida insultando al personal y un día viene alguien y te parte la boca por bocazas, es probable que desde ese momento te plantees si, a lo mejor, podrías hacer algo para evitar que, en un futuro, vuelvan a partirte la boca. Insultar menos, supongo que sería la solución más evidente, pero, quién sabe. Si te das cuenta de que cada vez menos gente te soporta, por poner otro ejemplo, que el mundo entero parece hacerte el vacío, tienes dos opciones, como mínimo. La primera es pensar que todo es una conspiración. Que el mundo entero confabula para hacerte sentir mal. Esto podría ser, ¿eh? Que no digo que no. Pero quizá se trate de otra cosa, la segunda opción: podrías revisar tu comportamiento y ver si tienes algo, gran parte o toda la culpa de lo que te sucede. Si revisas tu interior y descubres que sí, que es probable que no te estés comportando demasiado bien con el resto de seres humanos y que ya solo te tocan las palmas los cuatro que son como tú, es posible que haya llegado el momento de deconstruirse. Algo que, además, es bastante sano. Estaremos de acuerdo en que no te bañas en el mismo río dos veces, en que el tú que se reía de chistes de pedos en el colegio no es el mismo tú que se ríe de chistes de pedos ahora en la oficina, en que había ideas, creencias o pensamientos que hace X años te parecían el recopetín y que ahora no tocarías ni con un palo. El ser humano cambia, el mundo cambia, y lo natural es adaptarse al cambio intentando no perder tu personalidad en el proceso o, al menos, solo perder aquellas partes que, de todos modos, ni siquiera es que te gustaran demasiado. Y es un proceso empático, qué duda cabe. Tú puedes pensar que la palabra «cis» (usada para denominar a las personas cuyo género se identifica con aquel que les asignaron al nacer; esto es: que no son trans) es una gilipollez moderna y que a ti te la trae al pairo. Pero el mundo se empeña en girar y girar y acaba por ponerte delante oportunidades para hacer el ridículo o caer de pie con sobrada maestría. Imagina, no sé, que mañana eres un alto cargo de una empresa muy grande y muy visible y se te encarga dar un discurso. En él tienes que hablar del último estudio que se ha hecho entre las personas que consumen los productos que vendéis y, por alguna razón que a ti se te escapa, es importante el dato de que entre todo ese público hay un porcentaje alto, no sé, el 70%, de personas trans. Y quien manda, quien está por encima de ti en todo esto, quieres que hables de esa estadística. Por lo que sea. Vuelves a tener dos opciones. Puedes decir que el estudio demuestra que hay un 70% de la clientela compuesto por personas trans y un 30% de… ¿de qué? Venga, dilo, atrévete. ¿De personas normales? ¿Cuál es el término adecuado? ¿Vas a ejecutar un precioso circunloquio diciendo «personas trans» y «personas que no son trans»? Ojalá la vida moderna hubiera acuñado un término que te sacara las castañas del fuego, una gilipollez que te la trae al pairo. Efectivamente, podrías decir que tienes un porcentaje de personas cis y otro de personas trans. Vaya, que también puedes decir cualquier otra cosa, pero aquí entra lo de la empatía. Lo de la empatía y lo de no ser un idiota que anda por ahí insultando a la gente. Un individuo puede ser un perfecto alcornoque y pensar en su intimidad lo que quiera, pero en un ejemplo como el anterior, estoy prácticamente convencido de que hasta el más torpe, como mínimo, dudaría. Y es normal dudar, todes lo hacemos. Nadie nace sabido, la cosa es abrir las orejas y dejarse llevar.

 

LA VISIBILIZACIÓN. Y es que, te duela o no, vivimos en un mundo con mucha diversidad, cada vez más, de hecho. Un mundo en el que existen personas de muchos tipos, no solo las que son como tú. Personas que, en el peor de los casos, llevan siglos siendo invisibles. Lo tienes más o menos claro cuando se habla de mujeres. Sueles decir cosas como «ya, si yo sé que son el 50% de la población y que hay brecha salarial, y es una putada, pero». Eh, esto es una regla de oro: todo lo que vaya después del «pero» es una cacota. Y, ya puestos, las mujeres ni siquiera son el 50% de la población mundial. Son más. Algunos millones más. Y sí, han estado invisibilizadas durante siglos por las Leyes de los Hombres, cobrando menos que yo, teniendo más dificultades que yo para desarrollarse y siendo vejadas, maltratadas, humilladas y/o asesinadas ante la mirada cómplice de un poco menos del 50% de la población mundial. Esto lo tienes más o menos claro, lo tiene más o menos claro todo el mundo. Incluso el tema de la homosexualidad, a pesar de todo, lo tiene más o menos claro la mayoría de seres humanos. Otro día hablamos de los países en los que los homosexuales no existen, aquellos donde serlo es delito o aquellos donde Dios, en persona, lo prohíbe explícitamente. El caso es que, en líneas generales, todo el mundo tiene más o menos claro que las personas homosexuales deberían tener los mismos derechos que las personas heterosexuales y que está feo que eso no ocurra. Todo esto de puertas para fuera, claro, que muchos, en la intimidad, pensarán aún que son aberraciones, pero pocos serán tan cerriles y kamikazes como para atreverse a decirlo en público. Pues bien, se trata de otro colectivo históricamente invisibilizado y perseguido. Ya la cosa se pone más complicada cuando el abanico, la bandera, empieza a mostrar más colores que los que tú creías que existían. Cuando los gays y las lesbianas, que ya casi los tenías interiorizados, comienzan a convivir con otras criaturas mitológicas que, tócate los huevos, también exigen igualdad, respeto y que se los trate como a seres humanos. Ahí ya te rompes. Que si queer, que si espectro ACE, que si bisexuales… Empiezas a leer cada vez más términos que no entiendes y que se salen de todos los esquemas en los que, como miembro de esta sociedad, has crecido y creído durante toda tu vida. Genderfluid, demisexual, panromántique… No te enteras de nada. Pero, oye, no te preocupes, nos pasa a les demás también. Solo hay que tomarse cierto tiempo y echarle un poco de ganas para asimilar la nueva información y entenderla. «Pero, ¿pa qué?». Por respeto y empatía. Y, por supuesto, porque todo eso existe. Todos esos conceptos abstractos corresponden a realidades palmarias. La gente tiene derecho a sentir como quiera, a vivir como quiera, a expresar sus sentimientos y deseos como más felices les hagan. Y nadie tiene, en contrapartida, derecho a negarles eso. Puedes ignorar a esta gente, claro, que es lo que se ha hecho siempre (la invisibilización de lo que no es normativo) o pensar, aunque solo sea por un momento, que tampoco cuesta tanto trabajo intentar ponerse en su pellejo y tratarlos con respeto.

 

EL LENGUAJE INCLUSIVO. La creación de un lenguaje inclusivo es una necesidad y los intentos de que funcione son la respuesta a un problema real. Si damos por correcto el punto anterior, es decir, que existen personas que son discriminadas e invisibilizadas, es de Perogrullo llegar a la conclusión de que la mejor manera de solucionar este problema es hacer justo lo contrario: darles visibilidad. Y no solo dejando de negarles que existen y que tienen derechos, como cualquiera. También hay un problema de base, que afecta a toda la población humana, y ese problema es el lenguaje. Si una cosa no tiene nombre, no existe. Si nos empeñamos en no nombrarla, a pesar de que tenga nombre, la condenamos a la no existencia. El lenguaje modela el mundo. Hablando con amigues tras una mesa redonda en Santiago, tuvimos una conversación muy cercana a la filosofía, en la que se concluyó algo que es evidencia científica: sin lenguaje no hay pensamiento. Si a un ser humano lo privas de la capacidad de desarrollar el lenguaje en los primeros años de su vida, su cerebro no acabará jamás de establecer los puentes necesarios para crear un pensamiento racional completo. Javier Castañeda de la Torre, presente en aquella conversación, decía que «si no hay lenguaje, no existe pensamiento. El lenguaje es la base de todo». Hay un estudio muy interesante, de Lera Boroditsky, que consistía en presentar una lista de 24 sustantivos a un número determinado de personas, un grupo de ellas hablantes nativas de castellano y el otro de alemán. Los sustantivos presentados tenían la peculiaridad de que en un idioma eran masculinos y en el otro femeninos, y viceversa. Se les mostraron las palabras en inglés, para que no hubiera contaminación, y se les pidió a los encuestados que dijeran una serie de adjetivos acorde con la palabra elegida. Así, la palabra puente, que en castellano es masculina (aunque no siempre lo fue) y en alemán femenina, recibió, por parte de castellanoparlantes adjetivos tales como robusto, sólido, imponente, grande o peligroso. La misma palabra para quienes hablaban alemán despertó adjetivos como elegante, tranquila, frágil o esbelta. El mismo puente. La misma puente. El lenguaje moldea la realidad, es una evidencia, y, por tanto, el uso que hacemos de él afecta enormemente a lo que nos rodea y a quienes nos rodean. ¿Es por tanto lícito pedir que se modifique para integrar en él a las personas que nunca han formado parte del mismo? Ya dimos un paso adelante cuando empezamos a usar el «todos y todas». ¿O no? «Oiga, que el Idioma Español es muy español y mucho español, y ya es rico, muy rico, más que ninguno del Universo, y ya contempla estas cosas. El masculino es el genérico. No le des más vueltas». Bueno, ¿hemos dicho ya que el lenguaje moldea la realidad? Efectivamente, durante muchos siglos, el masculino ha sido el aglutinante, pero eso no significa que esté bien. Que el lenguaje ya tenga una herramienta (que mucha gente apunta como «más económica») no implica que sea la más adecuada. El lenguaje, visto como una imposición pétrea e inamovible, es un lastre. El lenguaje está hecho para cambiar con el uso. Son los usuarios, usuarias y usuaries de un idioma quienes lo moldean, lo rompen y lo transforman para reflejar mejor lo que piensan y la realidad que les rodea. Porque, de lo contrario, el lenguaje, el idioma, no sería útil. Y seguiríamos diciendo farina, vuesa merced y demás arcaicismos.

 

¿CÓMO USAR EL LENGUAJE INCLUSIVO? Bueno, yo no puedo responder a esa pregunta. Yo puedo deciros cómo lo uso yo. Y puedo volver a invitaros a que echéis un ojo a artículos de personas más inteligentes que yo, personas directamente afectadas por los problemas derivados de no usar el lenguaje inclusivo y de la invisibilización que para ellas conlleva. Pondré algunos enlaces al final de este texto. Pero hay más, mucho más. Y bien, ¿cómo uso yo el lenguaje inclusivo? Pues… esto ha sido un proceso (a través de la deconstrucción, la observación y la empatía) que ha derivado en la manera en la que me expreso ahora. Pero no es un proceso cerrado. Intento mejorar a diario y estoy convencido de que iré tratando de mejorar su uso conforme aprenda cosas nuevas. Porque en algo estamos de acuerdo les fans y les detractores del lenguaje inclusivo: no existe una solución perfecta al problema. Todavía. Lo cual no debería ser óbice, cortapisa ni valladar para que no lo usemos. Tampoco es perfecto el «lenguaje normal» (pun intended) y a nadie se le ocurre dejar de usarlo. Las propuestas que conozco son las siguientes y mi solución, a fecha de hoy, es combinarlas todas según me dicta la lógica de cada situación. La primera y más evidente, buscar palabras que no tengan carga de género para sustituir a las que sí y, así, evitar tener que doblarlas. Ejemplo: «el alumnado» frente a «alumnos y alumnas». La segunda, cuando es imposible usar la primera, es, efectivamente, doblar las palabras: «los alumnos y las alumnas» frente a «los alumnos». Pero aquí llegamos a un problema serio. ¿Y si entre ese alumnado hay personas no binarias? ¿Si hay personas ahí a las que no representa ninguno de los dos géneros binarios, masculino y femenino? Bueno, en este caso habría dos opciones. Sustituir «los alumnos y las alumnas» por «les alumnes», en una suerte de plural genérico en -e. Lo he usado mucho, sobre todo con la cuenta de la editorial en Twitter, pero desde hace un tiempo me preocupa algo de este asunto (ya sabéis, la deconstrucción non stop): ¿y si acabamos invisibilizando a las personas no binarias apropiándonos del uso de la terminación en -e como plural genérico? Quiero decir, esa -e final viene pintiparada para hablar de personas no binarias: «le novie de Lau es une chique rubie». No lo sé. Es algo que me preocupa a veces, pensar que desde la transversalidad de discursos se acabe aceptando el plural genérico en -e olvidando el singular en -e; esto es: olvidando la demanda original, que era del colectivo no binarie. Por otra parte, hablando con amigues del tema tras leerse este artículo para ver si no había dicho yo alguna incongruencia, me consta que hay personas a las que les parece que puede ocurrir justo lo contrario. Por esto y, como no encuentro una respuesta a mi duda, al menos no una que me satisfaga del todo, he optado por otra vía. Cuando es posible, triplico la palabra: «los alumnos, las alumnas y les alumnes». Cuando no lo es, por lo que sea, sí que uso el plural en -e, porque, como dije antes, que algo no sea perfecto no debería ser excusa para no usarlo, sobre todo cuando la alternativa pasa por hacer el vacío a colectivos enteros. Y eso, amigas, amigos y amigues, es lo que yo, que soy el más tonto de la clase, hago en mi día a día para intentar empatizar y poner mi granito de arena. Yo, que soy un hombre blanco cis heterosexual, que tengo privilegios y que no soy la parte afectada. O, al menos, la parte más afectada, porque esto es algo que debería preocuparle a todo el mundo. Eso es todo lo que quería decir al respecto de este tema y podría resumirse en una sola frase: para ser mejores personas deberíamos propiciar que todo lo que nos rodea pueda cambiar a mejor. El lenguaje inclusive.

 

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