por Israel Alonso

Todos los derechos reservados. Foto de Ladislav Bona para Unsplash.

            —¿No les da rabia cuando pasa eso? Porque lo que es a mí me pone… ¡buuuuf!

            El público está resultando especialmente duro de roer. Lleva siete minutos de monólogo y aún no ha conseguido ni una carcajada, ni una leve sonrisita, ni la típica risa tonta. Aquellos hombres y mujeres lo miran fijamente como si se tratase de la persona menos graciosa del mundo. De no ser porque ha ganado varias veces el Open Mike de Arkansas y otras tantas el Risitas de Oro de Minnesota, Paul Kronin habría tenido que pensar que ha perdido el touch.

            Había que recurrir a la artillería pesada.

            —O si no cuando estás ahí en la cama, intentando oír el maldito partido, y se planta en mitad de la puerta, con el conjuntito rosa apretado que parece un jamón en un pase de modelos… —Hace una leve pausa, esperando una reacción que por lo visto no va a llegar. Esa parte le ha dado resultado siempre. ¿Qué demonios pasa?—. Esto… ejem… y te suelta eso de… «cariño, ¿este conjunto me hace gorda?».

            «No quería ser vulgar, pero no le encuentro el punto G a este ganado», piensa Paul. «Allá vamos, esto ya es todo o nada».

            —¿Gorda, cielo?  Le dije… gorda se me pone a mí cada vez que te veo.

            Silencio sepulcral. Ni siquiera grillos en el exterior. Ni el típico camarero al que se le cae una bandeja o un vaso resbaladizo. Ni la tos nerviosa de alguna señora escandalizada y la risita entre dientes del marido.

            «¿Qué diablos pasa aquí? Estos cabrones son… unos cabrones. Ya ha sido mala suerte tener que empezar yo el acto, siempre me ha traído mala suerte actuar el primero, pero, coño, esto ya es… joder, joder… quiero acabar y volver ya a Nueva York».

            —Jajajaja, ¿no? Son ustedes un público estupendo, muy dicharachero, desde luego —«Con vuestra puta madre, quién me mandaba a mí venir a la mierda esta. ¿Convención Internacional de Monólogos? Convención internacional de muertos, aquí no se ríen ni para atrás, joder»—. ¿No les ha pasado nunca eso de ir en un avión…?

            Mira alrededor. La intensidad de la luz ha bajado demasiado, de golpe. ¿Le van a apagar el puto escenario? ¿De verdad? Doce años haciendo stand up, dos musicales de mediano éxito, un par de guiones de películas que, bueno, no es que fueran la bomba, pero… ¿esto?

            —Eso que… ¿eso que están en el avión y la cerveza que les trae la azafata, encima de que cuesta lo que cuesta, resulta que…?

«¿Se están poniendo túnicas? Pero ¿qué coño…?».

—¡Oigan! ¿Eso son cuchillos? Me cago en mi vida —grita, empapado en sudor.

Intenta huir, pero le están bloqueando el paso por todas partes. Hombres y mujeres con túnicas y capuchas rojas, casi negras. Y cuchillos. Dagas. Más bien parecen dagas.

Instantes después, apuñalado sabe dios cuántas veces por los asistentes a la Convención Internacional de Demonólogos, Paul Kronin pierde definitivamente la gracia.

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